Mundo ficciónIniciar sesiónEl mundo se detuvo. Mi corazón, que hace un segundo golpeaba con fuerza contra mis costillas, pareció congelarse en un solo latido agónico.
Malachi Graves no estaba ciego. Sus ojos, de un gris tormentoso y afilado, no buscaban el vacío. Estaban fijos en mi reflejo. Me diseccionaban a través del espejo con una intensidad que me hizo sentir desnuda, a pesar de la bata que me cubría. —Te dije que no cerraras la puerta, Sloane. Su voz era un susurro letal, despojado de la falsa vulnerabilidad que había mostrado antes. Me quedé petrificada en el umbral. El cuchillo en su mano brilló bajo la luz de la lámpara. La sangre, roja y espesa, comenzó a brotar de la palma de su mano, goteando sobre el mármol blanco de la mesa de noche. —Entra —ordenó. No fue una invitación. Fue un mandato que mis músculos obedecieron antes que mi mente. Di un paso hacia el interior de la habitación. El olor a whisky era más fuerte aquí, mezclado con el aroma ferroso de la sangre fresca. —Cierra la puerta —dijo él, sin apartar la vista de mis ojos en el espejo. Lo hice. El clic del pestillo sonó como la sentencia final de mi libertad. Me acerqué a él, con las manos temblando tanto que tuve que esconderlas entre los pliegues de mi bata. —Tú... puedes ver —mi voz salió como un graznido roto. Malachi soltó una risa seca, una vibración que pareció sacudir las paredes de la habitación. Se giró lentamente hacia mí. Ya no había venda. Ya no había debilidad. Era un hombre en la cima de su poder, un depredador que había estado fingiendo estar herido para ver quién se acercaba lo suficiente como para ser devorado. —Veo mucho más de lo que crees, Sloane —dijo, dando un paso hacia mí. Su altura me obligó a inclinar la cabeza hacia atrás. Sus ojos grises recorrían mi rostro, deteniéndose en mis labios, en mi cuello, en el collar de diamantes negros que aún parpadeaba con esa luz roja invisible para los demás, pero ahora tan obvia para mí. —Veo cómo tiemblas. Veo la duda en tus ojos. Y veo la codicia que te mantiene aquí, incluso ahora que sabes que soy tu peor pesadilla. Él levantó su mano herida. La sangre corría por su muñeca, manchando el puño de su camisa blanca. —Límpiame —dijo, extendiendo la palma hacia mí. —Hay un botiquín en el baño, yo... —Usa tu bata, Sloane. Usa tus manos. Aprende lo que significa servirme de verdad. Me estremecí, pero el fuego en su mirada no me dejó opción. Tomé el borde de mi bata de seda y envolví su mano con cuidado. La calidez de su sangre traspasó la tela al instante, manchando mis dedos. Al tocarlo, sentí una descarga eléctrica. Su piel estaba ardiendo. Malachi soltó un gruñido bajo, pero no de dolor, sino de algo mucho más oscuro que hizo que un calor prohibido subiera por mis piernas. —¿Por qué? —pregunté, concentrándome en la herida para no perderme en su mirada—. ¿Por qué fingir que estás ciego? ¿Por qué engañar a todo el mundo? —Porque la gente confiesa sus pecados delante de un ciego, Sloane —murmuró él, acercándose tanto que su aliento, con sabor a alcohol y peligro, acarició mi frente—. Mi tío Arthur, la junta directiva, mi propia esposa... todos creyeron que yo no podía ver sus traiciones. Él usó su mano sana para tomarme de la barbilla, obligándome a mirarlo. Sus dedos se enterraron en mi piel con una posesividad que me hizo jadear. —Incluso tú. Creíste que podías esconder tu miedo. Pero te he estado observando desde el momento en que pusiste un pie en esta mansión. He visto cómo te miras al espejo preguntándote si eres una santa o una puta. —Soy una hermana intentando salvar a su familia —escupí, recuperando un poco de mi fuego. Malachi apretó su agarre. Sus ojos bajaron a mi boca y, por un segundo, creí que iba a besarme de nuevo, pero esta vez con la intención de marcarme para siempre. —Ahora eres una cómplice —sentenció él—. Sabes mi secreto. Si una sola palabra sale de esos labios perfectos, no solo perderás el dinero. Perderás la vida. Y tu hermano morirá solo, preguntándose por qué su hermana lo abandonó. Me soltó de golpe, como si mi tacto lo quemara. Terminó de vendarse la mano él mismo con un pañuelo de lino, con una destreza que me recordó que no necesitaba a nadie. —Mañana es la gala —dijo, volviendo a su tono gélido de negocios—. Arthur estará buscándote. Julian Vane estará buscándote. Y yo estaré observando cada uno de tus movimientos, Sloane. Caminó hacia la cama y se sentó, desabrochándose los primeros botones de su camisa. Las cicatrices en su pecho eran visibles ahora; marcas de fuego que parecían mapas de un infierno personal. —Vete a tu habitación. Y Sloane... Me detuve ante la puerta. —Si intentas huir, el rastreador en tu cuello enviará una señal a los guardias del perímetro. No son amables con los intrusos. Salí de su habitación con el corazón martilleando. Mis manos estaban manchadas de su sangre. Entré en mi baño y lavé mis dedos con una desesperación frenética, pero el olor metálico parecía haberse filtrado en mis poros. No dormí esa noche. Cada vez que cerraba los ojos, veía los ojos grises de Malachi. ¿Cómo iba a actuar frente a él mañana? ¿Cómo iba a fingir que guiaba a un ciego cuando sabía que él era quien manejaba todos los hilos? El amanecer llegó con la luz gris de una tormenta inminente. La Sra. Halloway entró en mi habitación sin previo aviso a las siete de la mañana. —Es hora de prepararse —dijo, dejando un set de maquillaje y productos de belleza sobre el tocador—. El señor Graves espera que luzca impecable. Charlotte nunca tuvo un mal día. Pasé las siguientes cuatro horas siendo pulida, pintada y peinada como una muñeca de porcelana. Me pusieron el vestido rojo sangre que Malachi había elegido. Era de seda pesada, con un escote profundo y una caída que acentuaba cada curva de mi cuerpo. Cuando la Sra. Halloway terminó, me miré al espejo. Ya no había rastro de Sloane Mercer. El maquillaje ocultaba mis ojeras y mi palidez. Los labios rojos parecían una herida abierta. Y el collar de diamantes negros... se sentía más pesado que nunca. —El coche espera —dijo la mujer. Bajé las escaleras. Malachi estaba en el vestíbulo. Llevaba un esmoquin negro que lo hacía parecer un príncipe de las tinieblas. Tenía la venda puesta de nuevo. Era increíble. Al verlo así, cualquiera juraría que necesitaba ayuda. Su postura, la forma en que su cabeza se ladeaba ligeramente... era un actor consumado. —Estás hermosa, Charlotte —dijo él cuando llegué a su lado. No usó mi nombre real. Había gente cerca. Extendió su brazo hacia mí. Dudé un segundo antes de apoyar mi mano sobre su antebrazo. El músculo bajo la tela estaba tenso como un cable de acero. —Tu mano está fría —murmuró él, lo suficientemente bajo para que solo yo lo escuchara—. ¿Dónde quedó la mujer valiente que limpió mi sangre anoche? —Se quedó en esa habitación —respondí en el mismo tono—. Aquí solo hay una mujer que quiere sobrevivir. —Buena respuesta. Mantente en ese papel. El trayecto hacia el salón de la gala fue un silencio tenso. El coche de lujo nos aislaba del mundo exterior, pero la presión dentro del vehículo era insoportable. Al llegar, los flashes de las cámaras nos cegaron. Malachi se aferró a mi brazo, fingiendo esa ligera desorientación que un ciego tendría ante tantas luces. Yo lo guié con una sonrisa ensayada, manteniendo mi cabeza alta mientras caminábamos por la alfombra roja. —¡Malachi! ¡Charlotte! ¡Unas palabras! —gritaban los reporteros. No nos detuvimos. Entramos en el salón, un espacio inmenso lleno de oro, cristal y la élite más podrida del país. —Ahí está —susurró Malachi cerca de mi oído—. A las dos en punto. Camina hacia él. Miré en esa dirección. Un hombre joven, de unos treinta años, con el cabello rubio y una sonrisa de modelo, nos observaba con una intensidad perturbadora. Julian Vane. Julian dejó su copa de champán y caminó hacia nosotros. Sus ojos no se despegaron de los míos ni un segundo. Había dolor en ellos, pero también una sospecha ardiente. —Malachi —dijo Julian, ignorándome por completo al principio—. No pensé que tuvieras el valor de traerla aquí después de lo que pasó. —Charlotte insistió —respondió Malachi con voz suave—. Ella extrañaba a sus amigos. ¿Verdad, querida? —Por supuesto —dije, tratando de que mi voz no temblara. Julian se acercó más. Demasiado más. Ignoró la presencia de Malachi y tomó mi mano libre, llevándola a sus labios. Sus ojos se clavaron en los míos, buscando algo, una señal, un código secreto que yo no conocía. —Estás distinta, Lottie —susurró Julian—. Tu aroma... no es el mismo. Sentí que el sudor frío empezaba a bajar por mi espalda. —Ha pasado mucho tiempo, Julian —respondí, tratando de imitar la arrogancia que Malachi me había descrito de su esposa—. El fuego cambia a las personas. —El fuego mata a las personas —replicó él, bajando el tono—. Pero tú pareces haber resurgido de las cenizas con una piel completamente nueva. Malachi intervino, poniendo su mano sobre mi hombro de forma posesiva. Sus dedos apretaron el metal del collar. —Julian, ¿por qué no nos dejas un momento? Mi esposa necesita un trago. —Claro, Malachi. Pero no la pierdas de vista. Sabes que ella tiene la costumbre de perderse en los brazos equivocados. Julian nos guiñó un ojo y se alejó, pero se detuvo a pocos metros para seguir observándonos. —Lo está logrando —susurré—. Él sospecha. —Déjalo —dijo Malachi—. Ahora, escucha. Tengo que reunirme con Arthur en el balcón privado. Tú te quedarás aquí. Bebe, sonríe y no hables con nadie más que no sea Julian si él vuelve a acercarse. —¿Me vas a dejar sola? —Nunca estás sola, Sloane. El collar me dice dónde estás. Y yo tengo mis formas de escuchar. Se alejó, guiado por un asistente, dejándome en medio de la marea de lobos vestidos de seda. Intenté tomar una copa de champán, pero mi mano temblaba demasiado. Caminé hacia un rincón más apartado, tratando de recuperar el aliento. Fue entonces cuando sentí una mano en mi cintura. Me giré bruscamente, esperando ver a Julian. Pero no era él. Era un hombre mayor, con ojos que parecían pozos de oscuridad. Arthur Graves. —Charlotte —dijo él, con una sonrisa que me revolvió el estómago—. Qué sorpresa verte tan... entera. Me preguntaba si podrías acompañarme un momento. Hay algo en la oficina de seguridad que creo que te interesará ver. —Estoy esperando a Malachi, tío Arthur. —Malachi está ocupado. Y créeme, esto tiene que ver con la noche del incendio. Hemos recuperado una grabación que los peritos habían dado por perdida. Mi curiosidad fue mayor que mi miedo. Lo seguí a través de una puerta lateral hacia los pasillos de servicio. Arthur me llevó a una pequeña habitación llena de monitores. —Mira esto —dijo, señalando una pantalla. Era una grabación en blanco y negro, granulada. Se veía la habitación de Charlotte la noche del incendio. Se veía a una mujer —la verdadera Charlotte— discutiendo con alguien. La imagen estaba borrosa, pero entonces el otro hombre se giró. Era Malachi. En la grabación, Malachi no tenía venda. Caminaba con paso firme. Y en su mano, sostenía un encendedor de oro. —Él la mató —susurró Arthur a mi oído—. Él inició el fuego. Y tú estás durmiendo en la cama de un asesino, Sloane Mercer. Me quedé sin aliento. ¿Sloane Mercer? Arthur sabía quién era yo. —¿Cómo lo sabe? —pregunté, retrocediendo. —Porque yo fui quien te envió ese mensaje al sobre negro, niña. Yo sé todo sobre ti. Y si no quieres terminar como Charlotte, vas a hacer exactamente lo que te diga. Arthur sacó un pequeño frasco con un líquido transparente. —Vas a poner esto en la bebida de Malachi esta noche. Solo lo dejará dormido lo suficiente como para que podamos sacarlo de la mansión y hacer que firme los documentos de transferencia. —¿Y si no lo hago? —Entonces le entregaré esta grabación a la policía. Malachi irá a la cárcel y tú... bueno, dudo que sobrevivas a la furia de los Graves cuando se enteren de que nos estafaste. Salí de la habitación de seguridad con el frasco escondido en mi mano. Mi mente era un caos. Malachi era un asesino. Él había quemado a su esposa. Y ahora yo tenía que elegir entre traicionar a un monstruo o convertirme en la víctima de otro. Regresé al salón principal. Malachi ya estaba allí, esperándome cerca de la entrada. —Tardaste mucho —dijo él, su voz cargada de una sospecha oscura—. ¿Dónde estabas? Miré el frasco en mi mano oculta. Miré sus ojos, ocultos tras la seda, pero que yo sabía que me estaban analizando. —Fui al tocador —mentí. Él se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal. Su mano herida tomó mi muñeca y la apretó con fuerza. —Hueles a Arthur —dijo, su voz volviéndose un gruñido—. Y hueles a una traición que acaba de nacer en tu pecho. Malachi me arrastró hacia el centro de la pista de baile, me pegó a su cuerpo con una violencia que me hizo soltar un gemido y, mientras comenzaba a sonar un vals lento, susurró contra mis labios con una frialdad que me detuvo el corazón: —Tengo el antídoto para ese veneno en mi bolsillo, Sloane. La pregunta es: ¿vas a intentar matarme antes de que yo decida si vale la pena dejarte vivir a ti?






