Episode 5

La voz de Malachi era un murmullo letal contra mi oído, mientras sus dedos se enterraban en mi cintura con una fuerza que prometía dejar marcas.

El vals seguía sonando. Un torrente de violines que en ese momento me pareció la banda sonora de mi propio funeral.

A nuestro alrededor, la élite del país bailaba ajena al drama que se desarrollaba en el centro de la pista. Sus risas y el tintineo de sus joyas eran ruidos distantes, casi irreales.

—No sé de qué hablas —mentí, aunque el pequeño frasco que Arthur me había dado quemaba contra la palma de mi mano oculta entre su hombro y mi pecho.

Malachi soltó una risa seca, una vibración que sentí directamente en mis pulmones.

—Sigues siendo una mentirosa pésima. Puedo oler el químico desde aquí. Y puedo sentir el sudor frío en tu nuca.

Me obligó a dar un giro brusco. Mi vestido rojo sangre ondeó en el aire como una herida abierta.

—Arthur te mostró el video, ¿verdad? —continuó él, su tono volviéndose gélido—. Te dijo que yo encendí la cerilla. Que quemé a Charlotte viva mientras ella gritaba mi nombre.

—Te vi, Malachi —susurré, con el corazón martilleando contra mi pecho—. Vi cómo caminabas. Vi el encendedor en tu mano. No estabas ciego entonces y no lo estás ahora.

Sus ojos grises, ocultos tras la venda, se clavaron en los míos a través de la tela. Era una sensación física, una presión que me hacía querer arrodillarme y pedir clemencia.

—Los videos pueden ser editados, Sloane. Pero la traición no necesita filtros —él me acercó más, eliminando cualquier espacio entre nosotros—. Si crees que soy un asesino, ¿por qué no has vaciado ese frasco en mi copa todavía?

—Porque no soy como tú —escupí, aunque mis ojos se llenaron de lágrimas de rabia—. No mato por poder. Solo quiero a mi hermano a salvo.

—Tu hermano no estará a salvo si te alías con Arthur —me advirtió, y esta vez hubo una nota de urgencia en su voz—. Él no quiere justicia. Quiere el control de Graves Industries. Y en cuanto firme los papeles, te eliminará a ti para borrar el último cabo suelto.

—¿Y tú qué quieres, Malachi? —le pregunté, desafiante—. ¿Para qué me necesitas de verdad?

Él no respondió con palabras. Me tomó de la nuca y me obligó a inclinar la cabeza hacia atrás, exponiendo mi garganta ante los cientos de ojos que nos observaban.

—Quiero que sobrevivas —susurró contra mis labios—. Pero para eso, tienes que demostrarme que tu lealtad no tiene precio.

De repente, el vals se detuvo de golpe.

Un estruendo rompió los cristales del techo. El enorme candelabro central, una mole de cristal y hierro, crujió violentamente.

Miré hacia arriba. Una de las cadenas de soporte se había roto. No fue un accidente. Vi a uno de los hombres de Arthur cerca del panel de control.

El pánico estalló en el salón. La gente empezó a gritar, corriendo en todas direcciones.

—¡Malachi, muévete! —grité, tirando de su brazo.

Pero él se quedó inmóvil. Su papel de "ciego" lo obligaba a fingir desorientación frente a la multitud. Si corría con la precisión de alguien que ve, su secreto moriría... y su imperio con él.

—¡Malachi! —volví a gritar.

Él me miró por debajo de la venda. Su mirada era una orden silenciosa: Elige.

Podía dejarlo allí. Podía dejar que el candelabro lo aplastara y correr hacia la salida. Con Malachi muerto, Arthur quizás me dejaría ir. O tal vez no.

Pero entonces vi a una niña.

Era la hija de uno de los inversionistas, paralizada por el terror justo debajo de la trayectoria de la caída. Tenía apenas seis años y sus ojos reflejaban la muerte que caía del cielo.

No lo pensé. No fue Sloane la impostora quien reaccionó. Fue la Sloane que se había pasado la vida protegiendo a los débiles.

Solté a Malachi y corrí hacia la niña.

—¡No! —escuché el rugido de Malachi detrás de mí. Ya no era la voz de un ciego. Era un grito de guerra.

Llegué hasta la pequeña y la envolví con mi cuerpo, lanzándonos a ambas hacia una zona de pilares de mármol.

El impacto del candelabro contra el suelo fue ensordecedor. El mármol estalló en mil pedazos. Una ráfaga de cristales afilados voló por todo el salón.

Sentí un dolor agudo y ardiente en mi espalda, justo debajo del omóplato. Luego, un calor húmedo empezó a empapar la seda de mi vestido rojo.

Me quedé sin aliento. El mundo empezó a dar vueltas.

—¿Estás bien? —le pregunté a la niña, mi voz apenas un susurro.

Ella asintió, temblando, pero ilesa.

Intenté levantarme, pero mis piernas fallaron. Me desplomé sobre el suelo frío, manchando el mármol con una sangre que se confundía con el color de mi traje.

—Sloane... —la voz de Malachi estaba cerca.

Lo vi arrodillarse a mi lado. Se había arrancado la venda. Ya no le importaba quién lo viera. Su rostro estaba desencajado por una emoción que no supe identificar. ¿Era furia? ¿O era miedo?

—Te dije que te quedaras a mi lado —gruñó, presionando su mano contra mi herida.

El dolor fue tan intenso que vi estrellas. Solté un gemido ronco, agarrándome a su antebrazo.

—La niña... ella está bien —logré decir.

—Al diablo con la niña —respondió él, sus ojos grises brillando con una intensidad aterradora—. ¿Por qué lo hiciste? Podrías haber escapado. Podrías haber dejado que esto terminara.

Sonreí débilmente, aunque me costaba respirar. Mis dedos, manchados de sangre, buscaron los suyos.

—Porque soy... mejor que tú, Malachi.

Él me levantó en vilo. Ignoró a los fotógrafos que empezaban a rodearnos, ignoró a Arthur que lo miraba con odio desde la distancia, dándose cuenta de que su trampa había fallado.

Malachi caminó a través del caos, cargándome como si yo fuera lo único valioso en ese salón lleno de tesoros.

Salimos a la terraza. El aire frío de la noche me golpeó el rostro, devolviéndome un poco de claridad. La nieve empezaba a caer, copos blancos que se derretían al tocar mi piel ardiente.

—Resiste, Sloane —me ordenó, su voz temblando por primera vez—. No te atrevas a dejarme solo con estos monstruos.

—Tú eres uno de ellos —susurré, cerrando los ojos.

—Lo soy. Pero soy el único que puede mantenerte con vida.

Me depositó con cuidado sobre un banco de piedra en el jardín, lejos de las cámaras. Su camisa blanca estaba empapada de mi sangre. Él sacó el pequeño frasco que yo había guardado, el veneno de Arthur.

Lo rompió contra el suelo con desprecio.

—Ibas a usarlo —dijo él, mirándome mientras se quitaba la chaqueta para cubrirme.

—No... —negué con la cabeza—. Iba a tirarlo.

Él se detuvo. Sus ojos buscaron los míos en la penumbra del jardín nevado. Hubo un momento de silencio absoluto, donde el único sonido era nuestra respiración entrecortada.

—¿Por qué? —preguntó, su voz apenas un hilo—. Podrías haber sido libre.

—Porque si te mataba... me convertía en lo que tú querías que fuera. Y prefiero morir siendo Sloane Mercer que vivir siendo tu creación.

El rostro de Malachi se endureció. Se acercó a mí, su frente contra la mía. Podía sentir el latido salvaje de su corazón.

—No vas a morir, Sloane. Porque todavía no te he dado permiso.

Él sacó su teléfono y marcó un número de emergencia privado.

—Traigan el helicóptero a la azotea. Ahora. Si ella muere, todos ustedes la seguirán.

Me sentí desvanecer. El frío de la nieve y el calor de mi propia sangre me estaban envolviendo en una neblina oscura. Malachi me tomó de la mano, apretándola con una desesperación que me desgarró el alma.

—Malachi... —murmuré, sintiendo que la oscuridad me reclamaba.

—Dime.

—Dile a mi hermano... que lo intenté.

Él me sacudió ligeramente, negándose a dejarme ir.

—Díselo tú misma, Sloane. Porque te voy a sacar de aquí. Y luego, vamos a quemar el mundo de Arthur juntos.

Mis ojos se cerraron. La última imagen que tuve fue la de Malachi Graves, el hombre que no podía ver, mirándome con una devoción tan oscura y absoluta que me dio más miedo que la propia muerte.

Me desplomé en sus brazos, mi cuerpo volviéndose pesado. La nieve seguía cayendo, cubriendo el rastro de sangre roja sobre el blanco inmaculado del jardín.

Sloane perdió el conocimiento mientras Malachi la apretaba contra su pecho. Él levantó la mirada hacia el balcón, donde Arthur lo observaba con una sonrisa triunfal, y entonces Malachi, con los ojos inyectados en sangre, pronunció sus últimas palabras antes de que llegara el rescate:

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP