Solo el aroma de Malachi —pólvora, madera quemada y ese toque metálico de su sangre— me mantenía conectada a la realidad.
Su mano era una garra de acero sobre mi boca, pero no me lastimaba. Me protegía.
Sentí el metal frío de una pistola Glock siendo depositado en mi mano derecha. Mis dedos se cerraron sobre ella por puro instinto, aunque me temblaban tanto que casi se me cae.
—Escúchame —susurró en mi oído, su voz una vibración cargada de autoridad—. Van a venir tres hombres más por el ala nor