TRES LATIDOS

ADRIANO

Los días habían pasado desde el atentado, pero yo seguía en el mismo estado: alerta, vigilante, incapaz de soltar la mano de Dalia ni por un instante. Había convertido la habitación del hospital en una extensión de nuestra casa, en un santuario donde nada ni nadie pudiera tocarla.

No importaba que los médicos me dijeran que ya estaba fuera de peligro, que su recuperación avanzaba bien: yo la seguía cuidando como si un segundo de descuido pudiera arrebatármela.

Le daba la comida en la b
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