GAEL
Después de toda la tormenta —los celos, la rabia, el deseo, las palabras que nunca creí decir— el silencio volvió a la habitación.
Y, por primera vez en mucho tiempo, ese silencio no me pesó.
Anna dormía abrazada a mí, tan pegada que podía sentir el ritmo de su corazón mezclándose con el mío.
Tenía una mano en mi pecho, como si temiera que si me movía… desapareciera.
Su respiración era suave, temblorosa a ratos, y su rostro se veía en paz.
Esa paz que yo mismo le había quitado tantas veces