DALIA
El hospital tenía ese olor que nunca olvidaré: una mezcla entre desinfectante y recuerdos dolorosos. Pero ese día, a pesar de todo, me sentía más ligera. El doctor entró con su bata impecable y una sonrisa tranquila, revisando mis últimos exámenes. Adriano no me soltaba la mano, como si temiera que si la dejaba ir yo pudiera desaparecer.
—Bueno, señora Blackstone —dijo el doctor, acomodándose los lentes—, tenemos buenas noticias. La herida ha cerrado bien. Ya no hay riesgo de hemorragia i