La rutina comenzó a torcerse en mi contra desde el primer día que Dante decidió imponer su voluntad sobre la mía. Ya no se trataba de simples órdenes veladas, ni de la presión constante de su presencia. Ahora, cada gesto, cada mirada suya, era una cadena invisible que buscaba arrastrarme hacia él.
Me obligaba a cenar a su lado, como si fuera un trofeo recién adquirido que debía exhibir frente a todos. La mesa larga del comedor estaba siempre llena de miradas curiosas y hostiles: omegas que me d