La liberación de la fiera había dejado una quietud extraña en mi interior. Como si una tormenta furiosa hubiera pasado, dejando el aire limpio y cargado de electricidad residual. Ya no sentía esa rabia sorda apretándome el pecho, pero en su lugar había surgido una curiosidad inquieta, una necesidad de explorar los límites de lo que era, de lo que podía hacer. No solo mi cuerpo, sino esa otra parte de mí, la que dormía en la sangre y que Dante tanto codiciaba.
Mi poder. Mi maldición.
Desde la