El comedor estaba en silencio, roto solo por el sonido de los cubiertos al chocar contra los platos de porcelana. Era un salón amplio, de techos altos y ventanales que dejaban entrar la luz gris de la mañana. Sobre la mesa se extendía un banquete digno de un rey: pan recién horneado, frutas, carnes curadas, quesos, todo dispuesto con una perfección que me resultaba irritante. Tenía hambre, sí, pero el apetito se me escapaba en cuanto sentía el peso de su presencia frente a mí.
Dante desayunaba