Desperté con el eco del fuego aún ardiendo en mis venas. No era la tormenta furiosa de la noche anterior, sino una brasa persistente, un zumbido bajo la piel que teñía cada respiración, cada latido, de una urgencia vergonzosa. Mi cuerpo, el traidor, recordaba con lujo de detalle la presión de sus manos en la pared, el roce de su aliento en mi cuello, la promesa afilada de sus colmillos. Y lo peor de todo, recordaba aquel suspiro que se me había escapado, una rendición sonora que ahora resonaba