El silencio, después de la visita de Dante, ya no era solo ausencia de sonido. Era una entidad viva, pesada y sofocante que se sentaba sobre mi pecho, susurrándome al oído las mismas palabras una y otra vez: "Marioneta... Extensión de mi voluntad... Arma perfecta..."
Las paredes de piedra, antes testigos mudos de mi rabia, ahora parecían reírse de mí. Cada grieta era una boca que se burlaba de mi impotencia. El conocimiento de que él tenía la llave para despojarme de todo lo que era, de todo lo