Siete días.
Siete días de cuatro paredes de piedra que parecían cerrarse sobre mí un poco más con cada amanecer. Siete días de silencio, roto solo por el sonido de la cerradura al abrirse para dejar entrar a una sirvienta muda que dejaba comida y se iba sin mirarme a los ojos. Siete días de respirar el mismo aire viciado, cargado con el fantasma de mi propio fracaso y el persistente, tenue aroma de las hierbas amargas que aún se aferraban a mi piel como una burla.
El perfume de mi huida se h