Una inquietud comenzó a crecer en mí, un fuego lento que no tenía que ver con la rabia ni con el miedo. Era algo diferente, algo más profundo y ancestral. Al principio fue solo un calor incómodo bajo mi piel, un latido insistente en la parte baja de mi vientre que atribuí a los nervios y al agotamiento de los últimos días. Pero con las horas, el calor se intensificó, extendiéndose como una fiebre dulce y pesada que nublaba mis pensamientos.
Mi cuerpo ya no me pertenecía. Era un instrumento afin