La noche había caído sobre la fortaleza con un manto de sombras espesas, tan densas que parecían murmurar secretos antiguos entre las piedras. El silencio no era completo: los ecos lejanos de la guardia, el crujido de las lámparas parpadeando en los corredores y el murmullo lejano del viento golpeando los muros se mezclaban como una sinfonía que me recordaba, a cada paso, que estaba en territorio prohibido.
Mis manos temblaban, aunque no sabía si de miedo o de ansias. Había pasado días planeand