Los días se arrastraban como heridas sin cicatrizar. La advertencia de la anciana resonaba en cada rincón de mi mente, un mantra de supervivencia: "Mostrar una fuerza que no sientes... si no, te devorarán". Así que me vestía cada mañana, enderezaba la espalda y salía de mi habitación con la barbilla en alto, desafiando al mundo con una seguridad que era la mentira más elaborada que había construido jamás.
Evitaba los lugares comunes, los pasillos donde podía toparme con Cassia y su séquito de