La fortaleza tenía una vida propia cuando caía la noche. Los pasillos, tan llenos de voces durante el día, se sumían en un silencio expectante. Cada lámpara encendida proyectaba sombras que parecían vigilar mis pasos. Yo no soportaba permanecer encerrada en mi habitación, así que me atreví a recorrerla, guiada más por el instinto que por la razón.
Mis pies descalzos se deslizaron sobre el mármol frío mientras avanzaba entre corredores interminables. El aire tenía un olor a piedra húmeda y a pol