Golpearon la puerta de mi habitación justo cuando la noche se había cerrado sobre la fortaleza. Había pasado las últimas horas mirando el techo, negándome a bajar al comedor. No tenía intención de sentarme rodeada de miradas hostiles, de cuchicheos que me desmenuzarían como carroña.
—La cena está servida, la esperan abajo —anunció una voz apagada.
—No tengo hambre.
El silencio que siguió fue denso, como si la sirvienta dudara en insistir. Finalmente, escuché sus pasos alejarse y el eco de la pu