La habitación que me habían asignado era amplia, demasiado para alguien como yo. Las paredes de piedra gris, frías y desnudas, parecían querer recordarme a cada instante que no estaba en un hogar, sino en una fortaleza. El lujo no podía disfrazar la sensación de encierro. Había una cama enorme cubierta con mantas oscuras, un tocador que brillaba bajo la escasa luz de la lámpara y un ventanal que dejaba entrar un cielo encapotado, el mismo que me miraba con indiferencia.
Me senté en el borde de