Nunca me había temblado tanto el pulso como cuando crucé esa puerta de vidrio. Ni siquiera cuando firmé mi acta de matrimonio, un papel frío que sellaba un destino que no había elegido del todo, pero que entonces veía como una necesidad, una salida. Ni cuando parí a Oliv en aquella fría sala blanca, las luces fluorescentes desnudando mi dolor, sin más compañía que una enfermera desinteresada y el eco de mi propio aliento entrecortado. Esos momentos, a pesar de su intensidad, fueron imposiciones