El coche se detuvo lentamente al pie de la escalinata principal, una obra de arte arquitectónica de mármol pulido que se elevaba hacia una imponente entrada. Las luces doradas de los candelabros, que colgaban como racimos de uvas de cristal, brillaban con una intensidad que recordaba a un campo de estrellas capturado bajo la noche. Liana tragó saliva, sintiendo que su corazón latía al ritmo de un tambor ceremonial, un eco sordo que resonaba en la quietud de la cabina. A su lado, la presencia de