Las lágrimas de Danna caían sobre el cojín de terciopelo de la chaise longue de su madre, manchando la tela de un rojo intenso. Su respiración era entrecortada, cada sollozo un alarido de frustración y dolor. El lujoso ático de su madre, un santuario de mármol y espejos, se sentía asfixiante. En la vida, Danna estaba acostumbrada a tener el control, a que las cosas se hicieran a su manera, pero ahora, el mundo se le escapaba de las manos. Y no había nada que pudiera hacer.
Su madre, una mujer e