El auto rugió como un animal herido, cortando el tráfico con una precisión brutal. Los gritos de la gente y el olor a neumáticos quemados quedaron atrás, convertidos en un eco caótico que Félix atravesaba con una frialdad aterradora, casi inhumana.
Yo estaba en el asiento del copiloto, con el cuerpo rígido, sintiendo el aire espeso y cargado dentro del habitáculo. La risa histérica que había burbujeado en mi pecho minutos antes se evaporó por completo, reemplazada por el temblor silencioso de m