El aire dentro del estudio de Félix era denso, pesado, y el aroma a peligro que se había adherido a la ropa de los gemelos inundaba el lugar. Los dos se habían alejado de mí, concentrados en el mapa que se proyectaba sobre el escritorio. Sus mentes estaban en modo guerra, analizando rutas y perímetros, mientras yo sentía la nueva regla vibrar entre nosotros como una corriente de alta tensión.
—Velásquez no se quedará tranquilo —dijo Félix, con la voz baja y cortante, moviendo una pieza roja sob