El motor del Lamborghini rugió, haciendo vibrar los cristales de la farmacia mientras Félix arrancaba con una suavidad que desmentía la velocidad. Yo me hundí en el asiento de cuero, aferrando la pequeña caja de la píldora en mi regazo, sintiendo que acababa de pasar la mayor humillación pública de mi vida. Luca, a mi derecha, sonreía como un idiota que acababa de ganar la lotería.
—Seis cajas, Luca —dije, con la voz ronca de pura vergüenza—. ¿Estás loco? ¿Qué va a pensar esa pobre mujer?
—Pens