El silencio que siguió a las palabras de Félix fue tan denso que podría haberse cortado con una navaja. Ese "nosotros" quedó suspendido en el aire como una promesa prohibida o una amenaza deliciosa, y yo sentí un latido fuera de lugar. Un pulso que no era solo mío, ni de ellos, sino de la casa entera que parecía escuchar.
Félix clavó sus ojos en su hermano, la expresión en su rostro tallada en una seriedad peligrosa, como si ese "nosotros" hubiera sido un movimiento inesperado en un tablero car