Decidir quedarme fue fácil. Lo difícil fue seguir respirando después de lo que acababa de pasar.
El tiramisú me miraba desde la mesa como si representara algo menos grave que la posible declaración de guerra que acabábamos de presenciar. Gigante, húmedo, perfecto, espolvoreado con el mejor cacao… y totalmente insignificante comparado con el hecho de que Félix Romanotti, la encarnación del control, había marcado mi presencia delante del hijo de un capo rival. Era una declaración, un guante lanza