La frase cayó en medio del vestíbulo como un arma cargada.
Félix no la negó. Luca no la suavizó.
Yo no tuve dónde correr. Mi respiración se fragmentó, como si de pronto el aire hubiera decidido volverse un lujo. Ellos avanzaron un poco más, apenas lo suficiente para que sus presencias me envolvieran. No me tocaban, pero sus energías chocaban a mi alrededor, como si la casa entera contuviera el aliento.
—Luca… —advirtió Félix, aunque sonó más como un susurro desesperado que como una orden real.