Habían transcurrido exactamente ocho semanas desde que el mármol del hotel Plaza intentó reclamar nuestra sangre. Dos meses en los que el invierno había cubierto a Nueva York bajo un manto blanco y asfixiante, un reflejo perfecto del aislamiento dorado en el que vivíamos. El ático de seguridad, suspendido a cientos de metros sobre el nivel de la calle, se había transformado en un palacio inexpugnable, pero también en una jaula de cristal absoluto dictada por el trauma de un hombre que se negaba