La luz roja de la terminal táctica tintineaba en la penumbra de la habitación como el latido de un corazón enfermo. Mientras la voz de Valeria aún resonaba en el auricular, confirmando que la Vieja Guardia había asfixiado nuestra liquidez en tres continentes, bajé la mirada hacia el hombre que dormía a mi lado.
Toqué el hombro de Adrián. Un solo roce fue suficiente.
El criminal de Queens, entrenado por décadas de supervivencia, pasó del sueño profundo a la alerta máxima en una fracción de segun