Mundo ficciónIniciar sesiónAurora Poletti aceptó convertirse en la esposa de Jacob Alarcón por una sola razón: salvar a la única persona que siempre estuvo a su lado. Obligada a firmar un matrimonio sin amor, destinada a entregar el hijo que llevará en su vientre a su propia hermana, Aurora cree conocer su condena. Sin embargo, detrás de contratos, mentiras y traiciones familiares, descubre que todos ocultan secretos. Mientras su familia después de desecharla planea desaparecerla para siempre, Jacob comienza a romper las reglas del acuerdo. En un juego donde el poder gobierna, Aurora deberá decidir si sobrevive o lucha por su destino.
Leer más— No olvides que solo eres un vientre de alquiler, no tienes ningún motivo para mirar más de dos segundos a Jacob, ni siquiera tienes porque estar cerca de él — Jessica sostenía a su hermana con fuerza de la muñeca — No me obligues a destruirte después de que me entregues a mi hijo.
Aurora se veía pálida, llevaba 30 días de matrimonio con Jacob Alarcon y nunca imaginó que en 30 días la máscara de su hermana se haría añicos. — Jessica, me estas haciendo daño. — Se perfectamente que estoy haciéndote daño, pero solo quiero dejarte en claro cual es tu lugar y es la de ser solo un vientre de alquiler y nada más. Jacob no se casó con Aurora Poletti por amor, ni siquiera por deseo. Se casó por necesidad, por legado y por una cruel ecuación donde el dinero y el poder siempre pesaban más que los sentimientos. Su corazón, desde siempre, pertenecía a Jessica Poletti, la mujer que había amado con devoción y a la que había prometido un futuro que el destino se encargó de romper sin piedad. Jessica no podía tener hijos debido a un accidente en su juventud. El diagnóstico cayó como una sentencia irrevocable sobre ambas familias, especialmente sobre los Alarcon cuya obsesión con la sangre, el apellido y la continuidad rozaba lo enfermizo. Para ellos, un heredero no era un deseo: era una obligación. Y no estaban dispuestos a permitir que el imperio Alarcon terminara con Jacob. Pero tampoco cualquier mujer podría dar a luz al Heredero de la familia más poderosa del País. La solución surgió de la manera más fría y despiadada posible: Aurora. La hermana menor, la sombra silenciosa de Jessica, aquella que siempre había amado a Jacob en secreto, sin derecho ni esperanza. La familia Poletti fue clara desde el inicio: Aurora debía casarse con Jacobo, concebir un hijo que sería entregado a Jessica y luego desaparecer. El matrimonio no era más que una formalidad legal para evitar escándalos; los Alarcon no permitirían jamás que su nieto naciera como bastardo. El embarazo sería estrictamente por fertilización in vitro, una cláusula innegociable que pretendía blindar el acuerdo de cualquier “debilidad emocional”. Después, como siempre, el dinero, el poder y la influencia borrarían el pasado. Documentos ajustados, silencios comprados, verdades enterradas. Aurora intentó negarse. Lloró, suplicó, gritó que no era un vientre de alquiler, que no podían disponer de su vida como si fuera un contrato más. Pero nadie la escuchó. Su libertad tenía un precio, y ese precio era un hijo. Si se rehusaba, se quedaría atrapada para siempre bajo el control de su familia, sin estudios, sin independencia, sin salida. Peor aún, su mejor amiga, la única persona que siempre había estado de su lado luchaba contra una enfermedad devastadora. Los tratamientos eran costosos, y los Poletti dejaron claro que solo se harían cargo de los gastos si Aurora aceptaba el matrimonio. De lo contrario ellos mismos van a encargarse de que los medicamentos nunca lleguen. Fue ahí donde todo se quebró. Aurora entendió que no tenía opciones reales. No era una elección; era una condena disfrazada de acuerdo. Aceptar significaba sacrificar su corazón, su dignidad y cualquier ilusión de amor. Pero también significaba salvar una vida, obtener su libertad futura y marcharse lejos, muy lejos de aquel país, de aquella ciudad y, sobre todo, de los Alarcon y de los Poletti. Sabía que podía salir mal. Sabía que casarse con el hombre que amaba, sabiendo que jamás sería suyo, era una herida que no sanaría. Pero aun así aceptó. Jessica se había marchado, Aurora se masajeo la muñeca acercándose hasta la ventana observando el jardín. Las puertas dobles de la sala de la Villa se abrieron con un sonido grave, casi ceremonial. Jacob Alarcon entró sin prisa, como si el lugar le perteneciera por derecho natural. Su sola presencia alteró el aire. Era alto, imponente, vestido con un traje oscuro perfectamente cortado que parecía una armadura moderna. Cada paso resonaba con una autoridad silenciosa, pero aplastante. Su voz se alzó entonces: profunda, ronca, poderosa, como si no necesitara volumen para dominar. —Aurora. El nombre salió de sus labios como una orden disfrazada de llamado. Ella, que se encontraba junto a la ventana, giró lentamente. La luz del atardecer delineaba su figura, pero se apagó en cuanto los ojos de Jacob se posaron en ella. Su aura dominante inundó la estancia; no era algo que se viera, sino que se sentía, como una presión invisible sobre el pecho. Jacob se acercó lo suficiente para que no quedara duda de quién controlaba el espacio. —Esta noche tengo una reunión —dijo con calma peligrosa—. En el Hotel The Plaza, en Nueva York. Te espero a las 22:00 horas, habitación 001, suite presidencial. Aurora frunció el ceño. —¿Para qué exactamente? Una sombra de algo oscuro cruzó el rostro de Jacob. Una sonrisa mínima, sin humor. —Para concebir a mi hijo. De una buena vez por todas. El corazón de Aurora dio un vuelco, pero se mantuvo firme. —Mañana me haré los estudios para el procedimiento —respondió con voz controlada—. Será vía in vitro. No habrá intimidad entre nosotros. Eso está claramente estipulado en el contrato, no es necesario que yo acuda al hotel. El silencio que siguió fue espeso. Jacob dio un paso más, invadiendo su espacio personal. Su cercanía era abrumadora; olía a poder, a determinación inquebrantable. Aurora retrocedió instintivamente, hasta que su espalda casi tocó la pared. Él inclinó ligeramente la cabeza, su mirada fija, dominante. —Aurora… —murmuró—. Yo decido cómo te embarazo. Ella tragó saliva. —Los asuntos del contrato los manejo yo —continuó, con voz baja pero implacable—. Y esta noche te espero en el hotel. Se apartó al fin, dándole la espalda como si la decisión ya estuviera tomada, como si no existiera alternativa. Las puertas se cerraron tras él, llevándose todas las emociones. Y Aurora supo, con un escalofrío recorriéndole la espalda, que aquella noche nada sería tan sencillo como lo había planeado mucho menos el matrimonio.La noche había caído por completo sobre la residencia Alarcón.Las luces del inmenso jardín iluminaban los senderos de piedra con un resplandor cálido que contrastaba con el frío del viento. Las fuentes continuaban murmurando con su incesante caer del agua y el perfume de las rosas impregnaba el ambiente, creando una paz engañosa. Desde la distancia, cualquiera habría pensado que aquella mansión era un refugio perfecto. Nadie habría imaginado que detrás de aquellas paredes convivían el interés, las mentiras y una guerra silenciosa donde cada palabra podía convertirse en un arma.Aurora caminaba despacio entre los rosales.Después de montar durante la tarde, había regresado a la residencia con la mente aún revuelta. Las palabras de Jacob seguían dando vueltas en su cabeza. Su promesa de revisar personalmente el tratamiento de su amiga había despertado una pequeña esperanza, pero esa esperanza venía acompañada de una condición que no dejaba de inquietarla: obedecerlo. Todo parecía tener
La tarde comenzaba a desaparecer lentamente detrás de las colinas que rodeaban la residencia Alarcón. El cielo se había teñido de tonos anaranjados, dorados y violetas, creando un paisaje tan hermoso que parecía irreal. El viento movía suavemente las copas de los árboles mientras las sombras se alargaban sobre los extensos terrenos de la propiedad. Aurora continuaba montando. Necesitaba tiempo. Necesitaba distancia. Sobre todo, necesitaba mantenerse lejos de aquella casa donde cada sonrisa escondía una mentira y cada palabra parecía ocultar una intención diferente. Cuando finalmente decidió desmontar, condujo a la yegua hasta una pequeña elevación desde donde podía contemplarse gran parte del horizonte. El aire era fresco y agradable. Durante unos instantes permaneció observando el paisaje en silencio. Aquella tranquilidad duró poco, un ruido detrás de ella llamó su atención. Aurora giró la cabeza y el corazón casi se le detuvo. Jacob. El sobresalto fue tan repentino que perdi
El regreso a la residencia Alarcón transcurrió bajo una calma engañosa. Desde el exterior, cualquiera habría pensado que se trataba de una familia privilegiada disfrutando de una tarde normal. Los jardines perfectamente cuidados, las fuentes de mármol, los vehículos de lujo estacionados frente a la entrada principal y el impecable personal de servicio componían una imagen de estabilidad absoluta. Pero las apariencias rara vez reflejaban la verdad. Y detrás de aquellas paredes se estaban gestando decisiones capaces de cambiar varias vidas para siempre. Aurora fue la primera en descender del vehículo. No esperó a Jessica. No esperó a Jacob. Necesitaba alejarse. Necesitaba respirar. Durante todo el trayecto había sentido una presión constante dentro del pecho. No era exactamente miedo. Tampoco tristeza. Era agotamiento. Un cansancio emocional que comenzaba a acumularse después de años soportando humillaciones silenciosas. Entró en la residencia sin dirigir una sola mirada ha
Aurora abrió los ojos lentamente, durante unos segundos permaneció inmóvil, intentando comprender qué había interrumpido el silencio que reinaba dentro del vehículo. Su corazón todavía conservaba la tranquilidad que había encontrado unos minutos atrás, pero aquella sensación desapareció en cuanto distinguió la figura sentada a su lado. Jacob. El aire pareció atascarse en sus pulmones, el hombre se acomoda a su lado, simplemente estaba allí. Como si hubiera surgido de la nada. La puerta del vehículo ya estaba cerrada. El ruido lejano del estacionamiento apenas llegaba al interior gracias a los cristales polarizados que aislaban casi por completo el mundo exterior. Aurora tardó varios segundos en reaccionar, lo primero que llamó su atención fue el reloj que rodeaba la muñeca masculina, era un elegante reloj de oro. Sobrio. Costoso. Impecable. La luz que atravesaba la ventanilla se reflejaba sobre la superficie metálica, proyectando pequeños destellos dorados. Aurora observó el m





Último capítulo