La primera vez que vi a Adrián Varela después de siete años, estaba firmando la sentencia de muerte de mi familia.No levantó la voz. No golpeó la mesa. No sonrió siquiera.Solo deslizó una carpeta negra por la mesa de cristal del salón principal del Hotel Imperial, bajo la luz cruel de los candelabros, mientras mi padre, Ernesto Rivas, temblaba al otro lado con el rostro gris y los dedos aferrados al bastón.—La deuda vence hoy —dijo Adrián, con esa calma que siempre sonaba peor que un grito—. Y yo no repito ofertas.Toda la sala quedó en silencio.Ciento cincuenta invitados. Empresarios, socios, accionistas, periodistas disfrazados de amigos. Todos habían acudido a la gala del aniversario de Grupo Rivas. Todos habían venido a brindar por nosotros.Y ahora estaban viendo cómo nos enterraban vivos.Mi padre tragó saliva con dificultad.—Adrián… esto puede resolverse en privado.—Ya estuvo demasiado tiempo en privado.Yo estaba a tres metros de ellos, inmóvil, con una copa de champaña
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