El abismo de mármol del hotel Plaza me reclamaba. Durante una fracción de segundo que pareció dilatarse en la eternidad, el vértigo cortó por completo mi respiración. La gravedad tiró de mi cuerpo hacia el vacío de la escalinata principal, amenazando con destrozar mi vida y la de nuestro futuro heredero contra los escalones de piedra fría. No había tiempo para estrategias corporativas ni escudos legales; el ataque de Victoria Belmont era crudo, físico y mortalmente instintivo.
Pero la viuda de