La revelación de la patología genética de nuestro hijo se había instalado en el ático como un fantasma silencioso. Aunque afuera, en el mundo, éramos los dioses invictos que habían monopolizado el mercado y humillado a la Vieja Guardia, dentro de nuestro hogar, el tiempo se había vuelto un enemigo cruel. Cada respiración del bebé, cada sueño tranquilo, era un recordatorio de que nuestra victoria contra el Círculo Áureo no era el final, sino apenas el prólogo de la batalla más importante: la de