El estruendo del suelo que cedía bajo nuestros pies fue el último acto de una maquinaria de odio diseñada décadas antes. Pero mientras el abuelo, ese arquitecto de pesadillas, esperaba vernos caer en el abismo de sus secretos, no entendió que nuestra fortaleza nunca fueron los cimientos de hormigón de la Torre Varela. Nuestra fortaleza éramos nosotros.
En la fracción de segundo antes de que el vacío nos reclamara, Adrián no soltó al niño, y yo no solté a Adrián. Con la precisión quirúrgica que