El estabilizador genérico que Lucía me inyectó había adormecido el fuego en mi sangre, reduciendo la fiebre a un latido sordo en mis sienes. Estaba recostada sobre el banco de trabajo de la fábrica abandonada, cubierta por la chaqueta de traje de Adrián. Olía a él: a colonia cara, a humo y a un poder que se negaba a extinguirse.
A pocos metros, bajo la luz parpadeante de una lámpara de emergencia, Adrián Varela, el hombre que hace veinticuatro horas movía los mercados financieros de medio mundo