El sabor metálico de mi propia sangre me ahogaba. El hilo rojo que bajaba por mi barbilla manchó la tapicería de la vieja camioneta, pero ese era el menor de nuestros problemas. Una ola de frío polar me atravesó los huesos, paralizando mis extremidades, mientras mi cabeza amenazaba con estallar bajo una presión insoportable.
—¡Elena! —El rugido de Adrián llenó la cabina. No era el tono de mando gélido del CEO; era el grito desesperado de un hombre viendo cómo se le escapaba la vida entre las ma