El sol de la Costa Amalfitana bañaba los acantilados con un oro cálido y vibrante, una burla brillante al invierno perpetuo que se había instalado en mi pecho.
El trayecto en helicóptero desde Nápoles hasta Ravello duró menos de media hora. Durante el vuelo, Adrián no empuñó armas ni dio órdenes a equipos de asalto. La guerra de las mafias había quedado atrás; nuestra venganza sería una obra maestra de terror psicológico y estrangulamiento corporativo.
Con una sola llamada desde el aire, Adrián