Las luces rojas y azules de las patrullas monegascas tiñeron las paredes de mármol blanco de la villa. Desde las sombras de los jardines aterrazados, el aire salado del Mediterráneo nos envolvía mientras observábamos cómo los agentes federales sacaban a Victoria Sterling esposada, despojada de su elegancia y de su falso imperio.
No me quedé a saborear su caída. La victoria sobre la viuda negra era solo un trámite administrativo; el verdadero veneno aún corría por mis venas, y llevaba el nombre