Miré a la niña. Trece años. La misma edad que yo tenía cuando mi mundo se incendió. Sus ojos oscuros me observaban con curiosidad ingenua.
Podía abrir la boca y decirle a Bianca que su madre era una criminal que abandonó a su primera hija para salvarse. Podía fracturar su mente exactamente como fracturaron la mía.
Pero al ver el terror absoluto que desfiguraba a mi madre, supe que la venganza física o la destrucción de una inocente carecían de elegancia. El dolor verdadero se inflige obligando