El trayecto sobre el puente de Queensboro era mucho más que un simple cambio de distrito; era el cruce de una frontera entre dos mundos. Dejábamos atrás el lujo estéril y los rascacielos traicioneros de Manhattan para adentrarnos en el corazón del imperio original de mi esposo. A través de los cristales tintados del todoterreno blindado, la nieve caía sobre las calles industriales, dibujando un paisaje rudo, honesto y desprovisto de la hipocresía de Wall Street.
El equipo Alfa había desplegado