La CEO obligada a casarse

La CEO obligada a casarseES

Urbano
Última actualización: 2026-06-06
Pax-Darkengel  Recién actualizado
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Resumen
Índice

Valentina Monteclair es la CEO más poderosa de Aldenvera. Pero su abuelo le dejó una condición en el testamento: si no se casa en noventa días, pierde su empresa. Su solución es pragmática: un matrimonio de conveniencia con Sebastian Varel, su rival corporativo y el único hombre que nunca le tuvo miedo. Contrato firmado, departamento neutral, apariciones públicas calculadas. Todo bajo control. Hasta que el control se resquebraja. Dos tazas de café a las dos de la mañana. Una mano sobre la mesa frente a la prensa. Y la pregunta que ninguno se atreve a hacer: ¿esto sigue siendo el contrato? Mientras tanto, su primo Rodrigo descubre el engaño y ataca donde más duele: filtra la carpeta donde Valentina evaluó a Sebastian como candidato, con la anotación de su asistente: "Técnicamente funcional como ser humano." La broma que destruye todo. Atrapados entre un testamento, un villano y una asistente que organiza sus sentimientos con separadores de colores, deben decidir si lo que construyeron sobre una mentira puede sobrevivir a la verdad.

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Capítulo 1

Capítulo 1: Cláusula siete

POV: Valentina

El doctor Peralta lleva treinta años siendo el abogado de la familia Monteclair y en todo ese tiempo aprendió exactamente una cosa sobre mí: que cuando estoy a punto de explotar me quedo completamente quieta.

Hoy me quedé tan quieta que creo que dejé de respirar en la página dieciséis.

El testamento tiene dieciséis páginas. Las primeras quince son exactamente lo que esperaba: distribución de activos, porcentajes, responsabilidades.

El lenguaje seco y quirúrgico de un hombre que construyó cada cosa que tuvo con una precisión que yo heredé y que él nunca reconoció en voz alta porque los hombres de su generación confundían el orgullo con el silencio.

La página dieciséis es otra cosa.

"La presidencia del Grupo Monteclair permanecerá en manos de Valentina Sofía Monteclair bajo la condición de que esta contraiga matrimonio dentro de los noventa días siguientes a la lectura del presente testamento. En caso de no cumplirse dicha condición, la presidencia pasará a control del directorio hasta tanto se nombre un nuevo presidente por votación."

La leo dos veces.

La tercera vez la leo en voz alta porque necesito escucharla para creer que existe.

Peralta recoge sus cosas con la velocidad discreta de alguien desactivando una bomba en reversa.

—¿Alguna pregunta, Valentina?

—Ninguna por ahora —digo.

Sale.

Cierra la puerta.

Y entonces, en el silencio de mi oficina con el testamento sobre el escritorio y el café frío y el tráfico de Aldenvera completamente indiferente afuera, agarro el vaso de café y lo tiro a la papelera con una fuerza que no tenía calculada.

La papelera se mueve.

El vaso rebota y cae al suelo.

Índice Dow salta del sillón de visitas con la dignidad ofendida de quien no fue consultado sobre nada de esto y se va al rincón más alejado disponible.

No es suficiente.

Agarro la carpeta de la reunión de las tres, que es la reunión que cancelé para estar aquí leyendo esta maravilla de documento legal, y la tiro también.

Los papeles se esparcen por el suelo como confeti de una fiesta que nadie organizó y nadie quería.

Me quedo parada en el medio de mi oficina con los papeles en el suelo y la papelera torcida y el testamento todavía sobre el escritorio, y digo en voz alta, sola, sin testigos, la única frase que tengo disponible en este momento:

—¿Qué m****a, abuelo?

No es elocuente.

No tiene ironía.

No es el tipo de cosa que diría si hubiera alguien escuchando.

Pero es lo único que tengo y lo digo con toda la energía que llevo guardando desde  el inicio de la página dieciseis cuando dejé de respirar y Peralta seguía leyendo con la voz monocorde de quien lee algo que preferiría no estar leyendo.

El silencio después es diferente al de antes.

Más limpio.

Me siento en mi escritorio.

Ernesto Monteclair, mi abuelo, el hombre más inteligente que conocí en treinta y dos años de vida, me dejó una cláusula matrimonial.

Hay algo en eso que no consigo procesar en orden.

Por un lado: el orgullo. Diez años de decisiones corporativas que ningún analista pudo objetar con éxito, una reputación construida con la precisión de alguien que nunca tuvo tiempo para los errores, el Grupo Monteclair creciendo un cuarenta por ciento en tres años bajo mi gestión.

Por otro lado: aparentemente todo eso no basta.

Aparentemente lo que le faltaba a Valentina Monteclair, según Ernesto Monteclair, era un marido.

Y aquí es donde el pensamiento se me desordena un poco porque por un lado entiendo que mi abuelo era un hombre de su época y que esa época tenía sus limitaciones y que hay que tener compasión histórica con las personas que no tuvieron acceso a mejores marcos conceptuales.

Por otro lado quiero agarrar el testamento y romperlo en pedazos pequeños, pero sé que eso no va a cambiar nada porque Peralta tiene copia, además me pregunto si en el fondo una parte de mí entendería lo que intentó hacer aunque lo hiciera de la manera más patriarcalmente equivocada posible, y esa pregunta específica la descarto de inmediato porque no tengo tiempo para ella ahora mismo.

Ni ahora mismo ni esta semana.

Ni esta semana ni nunca, idealmente.

Miro el póster de Simone de Beauvoir.

Lo compré en París hace tres años en una librería del Marais que olía a papel viejo y a la satisfacción de gastar dinero en algo que nadie más en una junta directiva entendería.

Simone me devuelve la mirada con la expresión de quien escribió que la mujer no nace, sino que se hace, que la identidad femenina es una construcción impuesta por un sistema diseñado para la comodidad masculina, que la libertad real requiere rechazar los roles asignados.

Llevo diez años dando charlas basadas exactamente en esa premisa.

Y ahora necesito un marido.

No porque quiera uno.

No porque lo necesite en ningún sentido funcional o emocional o práctico.

Lo necesito porque mi abuelo escribió una página dieciséis y sin él ya no puedo discutirle nada, lo cual es el tipo de jugada que solo puede hacer alguien que te conoce lo suficiente para saber que vas a odiarlo y vas a hacerlo de todas formas.

Eso es lo que más me perturba.

No la ignorancia. Sino que Ernesto Monteclair, que sabía perfectamente lo que estaba haciendo, eligió hacer esto de todas formas.

Lo que significa que tenía sus razones.

Lo que significa que creía que tenía razón.

Por lo que hay una posibilidad, pequeña, irritante, completamente inaceptable, de que no estuviera del todo equivocado sobre algo.

Ese pensamiento lo descarto también.

Dos veces, por si acaso.

—Necesito un marido —le digo a Índice Dow, que volvió del rincón con la magnanimidad de quien perdonó sin que nadie se lo pidiera y está instalado en la silla de visitas con toda la autoridad de quien no tiene compromisos contractuales pendientes.

Índice Dow cierra los ojos.

—Frase que nunca pensé escribir en mi agenda ejecutiva —agrego.

Silencio.

—Y lo peor es que me da rabia necesitar exactamente lo que llevo diez años diciéndole a la gente que no necesita.

Índice Dow abre un ojo.

Lo cierra de nuevo.

Útil como siempre.

Hay una palabra para lo que siento en este momento y no es tristeza ni confusión ni miedo, aunque también es un poco de todo eso.

Es vergüenza.

La vergüenza específica de alguien que construyó su identidad entera sobre una premisa y que acaba de descubrir que esa identidad tiene una cláusula de caducidad de noventa días.

La descarto también.

Tercera vez.

Rodrigo Monteclair lleva dos años esperando exactamente este tipo de grieta con la paciencia de Iago en Otelo, con la diferencia de que el Iago al menos era entretenido.

Tiene tres votos en el directorio. Si se entera de la cláusula esa sonrisa encantadora que practica frente al espejo va a aparecer sola.

No en mi turno.

Desbloqueo el teléfono.

Abro el chat de Camila.

"Mañana a primera hora en mi oficina. Tengo un encargo. No le digas a nadie. A nadie significa a nadie, Camila: ni a tus amigas, ni a tu diario, ni al universo en general."

Su respuesta llega en cuarenta segundos.

"Por supuesto, jefa. ¿Puedo preguntar de qué se trata?"

Le mando un audio.

Cuatro minutos y veinte segundos donde le explico el testamento, la cláusula, las implicancias corporativas, el plazo, y la parte donde le voy a pedir que haga algo que en cualquier otro contexto de mi vida sería completamente impensable.

Tres puntos de escritura.

Pausa.

Más puntos.

Pausa más larga.

Un mensaje.

"Ya tengo ideas. ¿Prefiere los separadores de colores por orden alfabético o por nivel de potencial?"

Me quedo mirando el teléfono.

Camila Rojas lleva cuatro años siendo la persona más eficiente y más absolutamente imposible de mi vida profesional.

Hoy más que nunca.

No le respondo.

Dejo el teléfono sobre el escritorio.

Miro a Simone.

Miro la papelera torcida.

Miro a Índice Dow.

Llevo diez años siendo la persona más controlada de cada sala que ocupo.

Hoy tiré un vaso y una carpeta, dije una mala palabra sola en mi oficina, y Camila ya tiene separadores de colores.

Que empiece el desastre.

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Capítulo 1: Cláusula siete
Capítulo 2: El lobby del edificio Serrano
Capítulo 3: Carpetas con separadores de colores
Capítulo 4: Lo que Sebastian Varel sabía
Capítulo 5: Veinticinco minutos y un no
Capítulo 6: La frase que lo detuvo
Capítulo 7: Las cláusulas del contrato
Capítulo 8: Lo que dijo la foto
Capítulo 9: La historia de origen
Capítulo 10: Segunda aparición pública
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