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Capítulo 7: Las cláusulas del contrato

POV: Valentina

El martes por la mañana Peralta llega a mi oficina con su maletín, su expresión de notario que ha visto demasiado, y una versión impresa del contrato que Sebastian y yo construimos el miércoles anterior sobre los márgenes de mi carpeta roja.

Dieciséis páginas.

La versión del miércoles tenía doce. Peralta agregó cuatro en el proceso de formalizarlo, que es lo que hace Peralta cuando convierte algo real en algo irrevocable: expande todo lo que podría fallar hasta que no quede ningún ángulo sin cubrir.

Es su trabajo.

Hoy me resulta ligeramente opresivo.

—La cláusula de convivencia necesita especificidad —dice Peralta, con el tono monocorde de quien lee algo que preferiría no estar leyendo por segunda vez en su carrera—. Departamento neutral, de acuerdo. Pero hay que definir qué constituye presencia suficiente para sostener el relato público.

—Dormimos ahí los dos —digo.

—¿Cuántas noches por semana?

Lo miro.

—Peralta.

—Valentina. Si Rodrigo contrata a alguien para documentar el patrón de entrada y salida del edificio, necesitamos que el patrón sea consistente.

Rodrigo contrataría a alguien para documentar el patrón de entrada y salida del edificio.

Por supuesto que lo haría.

—Cinco noches mínimo —digo—. Con excepciones documentadas por viaje o crisis activa.

Peralta anota.

—La cláusula de independencia corporativa. La notificación de treinta y seis horas que acordaron es técnicamente aplicable, pero necesita definir qué constituye una decisión que afecta directamente a la otra empresa. Sin esa definición cualquier abogado puede interpretarla en cualquier dirección.

—Decisión que impacte más del quince por ciento de los ingresos proyectados del trimestre en curso.

—¿Cómo lo calcula?

—Promedio de los últimos tres trimestres ajustado por estacionalidad.

Peralta me mira por encima de los anteojos con la expresión de alguien que lleva treinta años siendo abogado de esta familia y que a veces no sabe si admirarme o preocuparse.

—Bien —dice, y anota.

Seguimos.

La cláusula de imagen pública. La de gestión de redes. La de comunicación ante medios. Cada una con sus definiciones, sus excepciones, sus mecanismos de disputa en caso de interpretación divergente.

En algún punto de la segunda hora llego a la cláusula doce.

La cláusula doce es la de disolución.

Dice, en el lenguaje cuidadoso de Peralta, que al término de los catorce meses ambas partes acuerdan disolver el vínculo matrimonial por mutuo acuerdo, sin disputa de bienes adquiridos con anterioridad a la firma, sin obligaciones de ningún tipo más allá de las especificadas en el presente documento, y con la discreción que el acuerdo original requiere.

Es una cláusula de salida.

Limpia, justa, diseñada por mí con la misma precisión con que diseño cualquier contrato de salida.

La leo dos veces.

Y entonces, sin que lo haya planeado y sin que tenga ninguna utilidad práctica en este momento, pienso en el poster de Simone de Beauvoir.

Pienso en las doce veces que dije que la autonomía no se negocia.

Pienso en que estoy sentada frente a mi abogado revisando la cláusula de disolución de un matrimonio que todavía no existe con un hombre con quien acordé convivir cinco noches por semana durante catorce meses, y que en ningún punto de esta semana he sentido que tomé una decisión equivocada, lo cual en sí mismo es un dato que no sé dónde poner.

No es que el feminismo haya fallado.

Es que el feminismo no tenía un protocolo para esto.

Simone de Beauvoir escribió sobre la trampa del matrimonio como institución, sobre la manera en que el vínculo legal convierte a la mujer en dependiente del hombre, sobre la necesidad de rechazar los roles asignados para construir una identidad genuina.

No escribió sobre qué hacer cuando el matrimonio es tuyo, lo diseñaste tú, tiene cláusula de salida y notificación de treinta y seis horas, y aun así hay un momento en la cláusula doce donde algo en el pecho hace un ruido pequeño, fuera de lugar.

—¿Valentina? —dice Peralta.

—Sigo —digo.

Sigo.

La cláusula trece. La catorce. La quince.

La dieciséis es nueva. Peralta la agregó sin que yo se la pidiera, con la iniciativa silenciosa de quien lleva treinta años anticipando los problemas antes de que aparezcan.

Dice que en caso de que alguna de las partes desarrolle durante la vigencia del contrato sentimientos que excedan el marco del acuerdo original, ninguna de las partes tiene obligación contractual de actuar en consecuencia ni de modificar los términos del acuerdo.

La leo una vez.

La leo de nuevo.

—Peralta —digo.

—Es estándar en este tipo de acuerdo —dice, con la serenidad de alguien que no va a elaborar más de lo necesario.

—Este tipo de acuerdo no existe.

—Este tipo de situación existe más de lo que la gente documenta —dice—. Lo dejo o lo saco.

Silencio.

—Déjalo —digo.

Peralta no dice nada.

Anota algo en su copia y voltea la página.

El jueves Sebastian firma.

Lo hace en mi oficina, con Peralta presente, con Camila esperando afuera con la energía apenas contenida de quien sabe que algo importante está pasando al otro lado de una puerta y que no puede preguntar qué.

Sebastian lee las dieciséis páginas sin saltarse ninguna, lo cual me dice que o bien es el tipo de persona que lee todo lo que firma o bien hay algo en este contrato específico que quería verificar personalmente.

Ambas opciones son igualmente posibles.

Igualmente incómodas.

Firma.

Yo firmo.

Peralta guarda las copias con la velocidad discreta de quien desactiva algo antes de que cambie de forma.

Sebastian y yo nos quedamos solos con las dieciséis páginas entre nosotros y la semana que empieza mañana.

—Primera aparición el jueves —digo.

—El cóctel de la Cámara Empresarial.

—A las ocho. Nos encontramos en la entrada.

Sebastian asiente.

Recoge su copia del contrato.

La deja en su maletín con el mismo cuidado con que yo guardé la mía: como si el papel fuera frágil, aunque los dos sabemos que no lo es.

—Valentina —dice, antes de llegar a la puerta.

—¿Qué?

—La cláusula dieciséis.

Lo miro.

Él me mira.

—La dejé —digo.

—Ya sé —dice él.

Y sale.

Me quedo sola con el poster de Simone, que me devuelve la mirada con la expresión de quien escribió sobre la libertad durante toda una vida y que hoy, por primera vez en diez años, no tengo claro qué le respondería.

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