Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Valentina
Meses después. No sé cuántos. No los cuento. Los días ya no pesan como antes.
El departamento neutral ya no es neutral. Hay fotos nuestras en la pared. Una de la conferencia de prensa, cuando me tomó la mano frente a todos. Otra del día que volvió a buscarme, cuando me encontró en la puerta de mi edificio después de la asamblea.
Libros mezclados en los estantes. Los míos, los suyos. La caja de Sebastian ya no está en el rincón. La usamos para guardar los juguetes de Índice Dow. El póster de Simone de Beauvoir sigue en mi estudio. Él todavía no sabe quién es. Un día le voy a explicar. O no. Tal vez no hace falta.
Esta noche él preparó las dos tazas. Como siempre. Las dejó en la mesa. El humo del café sube. La luz de la cocina es tenue. La misma de todas las noches.
Pero él no se sienta. Está de pie, apoyado en la encimera, con las manos en los bolsillos. Me mira. Algo tiene.
—¿Qué pasa? —pregunto.
—Nada.
—Mientes.
—Un poco.
Tomo mi taza. La sostengo con las dos manos. Espero. El silencio se alarga. No es el silencio incómodo de antes. Es otro. Más parecido a una pregunta que no se anima a hacer.
—¿Te acuerdas de la lista? —dice al fin.
—Siempre.
—¿Te acuerdas de la frase?
—¿Cuál de todas?
—La última.
Bajo la taza. Lo miro. Su cara está seria. No es la cara de quien quiere pelear. Es la cara de quien todavía duele. La misma que puso cuando leyó el sobre en la cocina. La misma que puso cuando se fue al hotel. La misma que puso cuando volvió.
—Eso fue hace meses, Sebastian.
—Lo sé.
—Ya lo hablamos.
—Lo sé.
—¿Por qué lo sacas ahora?
—Porque todavía me duele. No todo el tiempo. No como antes. Pero a veces, cuando me despierto de madrugada y miro el techo, la recuerdo. Y me pregunto si alguna vez voy a dejar de preguntarme si fue verdad.
Me levanto. Voy hacia él. Me pongo enfrente. Lo miro a los ojos. No parpadeo. No voy a parpadear.
—Fue verdad —digo.
Él me mira. Sorpresa. Dolor. Las dos cosas.
—¿Qué?
—La lista fue verdad. La frase fue verdad. Todo eso pasó. No voy a mentirte diciendo que nunca fue verdad. Sería mentira. Y no quiero mentirte. Ya no. Nunca más.
—Entonces...
—Déjame terminar. La lista fue verdad al principio. Pero el principio no es todo. El principio fue una estrategia. Un error. Una broma de mal gusto entre Camila y yo. Eso no soy yo. Eso no somos nosotros. Lo que somos ahora, esto, la cocina, las dos tazas, el café, las noches sin dormir, las peleas, las reconciliaciones, la noche que volviste y te encontré en la puerta... eso también es verdad. Y es más verdad que la lista. La lista fue un minuto. Esto lleva meses. Y va a seguir.
Sebastian no dice nada. Me mira. Espera. Su pecho sube y baja despacio.
—No sé si eso te sirve —digo.
—¿Y si no me sirve?
—Entonces voy a decirlo todos los días hasta que te sirva.
—¿Todos los días?
—Todos los días.
—¿No te vas a cansar?
—No. De eso no.
Me abraza. Apoyo la cabeza en su pecho. Su corazón late. Fuerte. Más lento ahora. Un ritmo que conozco. Que aprendí de memoria las noches que dormimos juntos después de la tormenta.
—Eres una idiota —dice.
—También.
Nos reímos. La cocina. Las dos tazas. El humo del café. El ruido de la calle allá abajo. Aldenvera sigue siendo Aldenvera. Pero nosotros ya no somos los mismos.
—¿Qué haríamos sin Camila? —pregunta.
—Nos organizó la vida con separadores de colores.
—Le compré un regalo.
—¿Qué le compraste?
—Un set de separadores de colores personalizados. Con frases.
—¿Qué frases?
—Decisiones valientes. Amor verdadero. Final feliz.
—Es horrible.
—Lo sé. Por eso se lo compré.
Terminamos el café. Lava las tazas. Las deja en el escurridor. Las dos. Juntas. Como siempre. Como siempre debería ser.
—Sebastian —digo.
—Dime.
—La caja.
—¿Qué caja?
—La que trajiste el día de la mudanza. La que nunca me mostraste.
Sebastian se queda en silencio. Un segundo. Dos. Tres. Pasa la mano por su cara. Respira hondo.
—¿Ahora quieres verla?
—Siempre quise. Pero no pregunté.
—¿Por qué no preguntaste?
—Porque tenía miedo de lo que iba a encontrar.
—¿Y ahora?
—Ahora ya no.
Sebastian se levanta. Va al placard. Saca la caja. No es la misma que trajo el primer día. Es otra. Más nueva. Más grande. La madera está limpia. La manija es de metal oscuro. La trae. La pone sobre la mesa. La abre.
Adentro hay tres libros y una foto.
El primero es El Principito. La edición que le regaló su madre cuando tenía ocho años. Las esquinas están dobladas. En la primera página hay una dedicatoria escrita a mano. "Para que nunca olvides que lo esencial es invisible". La tinta está borrosa. La leyó muchas veces.
El segundo es *1984*. Una edición vieja, comprada en una librería de segunda mano cuando tenía diecinueve años. Está subrayado. Frases enteras marcadas con lápiz. "El poder no es un medio, es un fin". "La libertad es la libertad de decir que dos más dos son cuatro". Algunas palabras están escritas en los márgenes. La letra de un adolescente que todavía no sabía qué tipo de persona iba a ser.
El tercero es El fin de la pobreza de Jeffrey Sachs. No tiene subrayados. No tiene esquinas dobladas. La tapa está intacta. Lo leyó hace años, después de una conversación con un director de una fundación. Nunca me lo contó. Nunca supe que le importaba ese tema. Pero ahí está. En la caja. Guardado. Como un secreto.
La foto es la última. La saca con cuidado. Con las dos manos. Como si fuera frágil. Me la muestra.
Soy yo. En la sala de reuniones del Grupo Monteclair. El día que rechacé su propuesta de fusión. Estoy de pie frente a la mesa. Mirada firme. Traje negro. La boca cerrada. Los brazos cruzados. No sonrío. Estoy ganando.
—¿Guardaste esto? —pregunto.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque eras tú. Porque era la primera vez que alguien me ganaba sin trampas. Porque nunca había visto a nadie tan segura de lo que quería.
—¿Y ahora?
—Ahora la miro y veo a mi esposa.
Bajo la foto. La pongo sobre la mesa. Lo miro.
—Lo esencial es invisible —digo.
—Eso dice el libro.
—¿Y cuál es lo esencial para ti?
—Tú.
Cierro la caja. La pongo en el estante, junto a los libros mezclados. Los míos. Los suyos. Los de los dos.
—Ahora es nuestra —digo.
—¿Qué cosa?
—La caja. La historia. Todo.
—Siempre fue nuestra.
—No. Antes era tuya. Ahora es nuestra.
Sebastian me abraza. Apoyo la cabeza en su pecho. Su corazón late. Fuerte. Rápido. No como al principio. Mejor.
—¿Vamos a la cama? —pregunta.
—¿A dormir?
—A dormir.
Apaga la luz. La cocina queda a oscuras. Me toma de la mano. Caminamos hacia la habitación.
Cierro los ojos. Sonrío. El sueño viene. Esta vez, con la caja cerrada. Con todo adentro. Con todo guardado. Con todo nuestro.







