Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Sebastian
Hay dos tipos de noticias que llegan antes de que uno las busque.
Las que llegan porque alguien quiere que las sepas, y las que llegan porque Aldenvera es una ciudad donde el mundo corporativo y el mundo social comparten la misma mesa y los secretos tienen la vida útil de un martes.
La muerte de Ernesto Monteclair fue de las primeras.
Lo que dejó en el testamento fue de las segundas, aunque en este caso la segunda no llegó completa.
Me enteré un jueves por la noche a través de Mateo, que se enteró a través de alguien en el directorio del Grupo, que se enteró a través de alguien más que estuvo presente en la lectura y que claramente no entendió la palabra confidencial en ninguno de sus significados posibles.
Hay condiciones. Específicas. Sobre la presidencia.
Eso fue todo lo que circuló. Sin detalles, sin plazos, sin nada que permitiera armar el argumento completo.
Leí el mensaje dos veces.
La tercera vez lo dejé sobre el escritorio y seguí trabajando, porque la información incompleta de otras personas no es razón suficiente para interrumpir un análisis de proyecciones que lleva tres horas incompleto y que necesita estar listo antes del lunes.
Lo que no hice fue olvidarlo.
Lo que tampoco hice, aunque Mateo me preguntó directamente esa misma noche qué pensaba al respecto, fue responder con algo más útil que un silencio que él interpretó exactamente como quiso.
Varel Industries ocupa cuatro pisos en el edificio Cendra, en el centro financiero de Aldenvera.
Menos que el Grupo Monteclair, que ocupa doce.
Ese dato no me molesta de la manera en que la gente asume que debería molestarme.
Lo que no termino de resolver, con la precisión específica de las cosas que uno archiva sin cerrar, es la frase que Valentina Monteclair dijo hace dos años en una sala de reuniones que olía a café reciente y a decisión tomada de antemano.
Varel Industries es una empresa interesante para su tamaño. Lamentablemente, su tamaño es el problema.
Veinte minutos. Eso duró la reunión.
Entré con una propuesta que había construido durante cuatro meses.
Salí con la mandíbula apretada y dos objetivos que desde entonces funcionan como el fondo permanente de cada decisión que tomo: crecer hasta que Monteclair no pueda ignorarme, y no volver a pisar esa sala de reuniones jamás.
El primero va bien.
El segundo es lo que no sé todavía.
Porque hay condiciones en el testamento de Ernesto Monteclair que nadie conoce en detalle, y Valentina Monteclair lleva tres días sin aparecer en ningún evento público ni emitir ninguna declaración, lo cual en alguien que administra su visibilidad con la precisión de un instrumento de medición significa que algo está siendo gestionado en privado con urgencia real.
No sé qué es.
Lo que sí sé, con la certeza diferente de quien lleva suficiente tiempo prestando atención a cómo piensa una persona específica como para anticipar sus movimientos antes de que los haga, es que esas condiciones la van a traer a mi oficina.
El lunes por la mañana Andrea golpea la puerta con la expresión de quien trae información que no sabe cómo va a recibirla.
—Sebastian, llamó la asistente de Valentina Monteclair. Solicita una reunión. Esta semana si es posible.
Dejo el reporte sobre el escritorio con más cuidado del necesario.
—¿Motivo?
—Dijo que es un asunto personal.
Un asunto personal.
Valentina Monteclair, que en diez años de carrera separó lo personal de lo profesional con la precisión de un bisturí y nunca mezcló los dos registros en ningún contexto documentado, manda a pedir reunión por un asunto personal.
Hay un segundo, breve, en que no digo nada.
No porque no sepa qué decir.
—Agéndala para el miércoles a las once.
Andrea asiente y sale.
Me quedo mirando el reporte.
Está en la misma página en que lo dejé hace dos minutos. No leí nada en ese tiempo.
Lo que hice fue quedarme sentado con la información de que Valentina Monteclair va a entrar a este edificio el miércoles a las once por un asunto que llama personal, y notar que eso produce algo que no es exactamente anticipación profesional y que no voy a ponerle nombre esta mañana.
Lo que sí voy a hacer es hacerla esperar veinticinco minutos en el lobby antes de bajar.
No por falta de educación.
Por exactamente la razón contraria: porque va a entrar a este edificio cargando algo que todavía no me contó, y los dos vamos a saber que hay algo que contar, y en ese contexto específico veinticinco minutos es el único lenguaje que tiene sentido usar.
Ella lo va a entender.
Eso es lo que encuentro más difícil de ignorar cuando lo pienso: que Valentina Monteclair entiende exactamente lo que hago y por qué lo hago, con la misma velocidad con que yo entiendo lo que ella hace y por qué lo hace.
Llevamos tres años siendo rivales. Debería ser información suficiente.
No lo es.
Esa noche Mateo llama mientras estoy trabajando.
—¿Ya la agendaste? —dice, sin preámbulo, porque Mateo considera los preámbulos una pérdida de tiempo en las conversaciones donde ya sabe lo que quiere decir.
—Miércoles a las once.
Silencio.
—Qué rápido.
—Es una reunión.
—Claro —dice Mateo—. Completamente. Por supuesto.
Con el tono de quien archiva algo para usarlo en el momento más inoportuno posible.
—¿Algo más? —le digo.
—Sí. —Pausa—. Dieciocho meses, Sebastian.
No respondo de inmediato.
Me levanto. No hay ninguna razón para levantarse. Me levanto igual, voy a la ventana, miro el edificio Cendra a esta hora con las luces de las oficinas todavía encendidas, y pienso: dieciocho meses.
Mateo lleva dieciocho meses contando algo que yo no nombré. Lo que significa que hay algo que contar. Lo que significa que él lo notó antes de que yo lo nombrara, que es exactamente el tipo de cosa que Mateo hace y que yo generalmente encuentro útil hasta que la hace conmigo.
—Buenas noches —dice Mateo.
Y cuelga.
Me quedo con el teléfono en la mano frente a la ventana un momento más de lo necesario.
Luego lo dejo sobre el escritorio y vuelvo al trabajo, que sigue siendo lo mismo que era antes de que Mateo llamara y que va a seguir siendo lo mismo el miércoles a las once cuando Valentina Monteclair entre a este edificio por primera vez.
Veinticinco minutos en el lobby. Una reunión. Al final de esa reunión voy a saber qué son las condiciones del testamento de Ernesto Monteclair.
Lo que no sé es cuándo empecé a contar los días.
Pero los estoy contando.







