Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Valentina
El lobby de Varel Industries huele a ambición reciente y aire acondicionado calibrado para impresionar.
Lo noto porque soy el tipo de persona que nota esas cosas, y porque llevo veintitrés minutos sentada en una silla de diseño escandinavo que es visualmente perfecta e incómodísima, lo cual me dice más sobre la cultura corporativa de este edificio que cualquier reporte anual.
La recepcionista me ofreció agua cuando llegué.
Le dije que no.
Me ofreció café.
Le dije que no.
Me preguntó si necesitaba algo más.
Le dije que necesitaba que Sebastian Varel bajara a recibirme en el tiempo que acordamos, que era hace ocho minutos, pero lo dije con la sonrisa específica que uso cuando digo cosas que no son exactamente amables con un tono que no le da al otro ningún lugar donde agarrarse.
La recepcionista asintió y volvió a su escritorio.
Llevo veintitrés minutos.
Sé exactamente lo que está haciendo Sebastian Varel.
Me está haciendo esperar porque sabe que yo sé que me está haciendo esperar. En ese juego específico el que baja primero pierde algo que ninguno de los dos nombró todavía. No bajo primero.
Nunca bajo primero.
Saco el teléfono. Reviso el correo con la eficiencia de quien aprovecha cada minuto disponible y también con la eficiencia de quien necesita tener algo en las manos para no mirar el reloj cada cuarenta y cinco segundos.
A los veinticinco minutos exactos, con una puntualidad que es su propio argumento, Sebastian Varel aparece en el lobby.
Viene del ascensor.
Traje oscuro, sin corbata, con esa soltura específica de quien viste bien sin que parezca que pensó en ello. Camina hacia mí con la velocidad de alguien que tiene tiempo de sobra y eligió usarlo en otra cosa hasta hace exactamente dos minutos.
Me pongo de pie.
No porque sienta la necesidad de hacerlo sino porque quedarse sentada cuando alguien se acerca es una señal que no quiero mandar hoy.
Nos miramos.
Es la tercera vez que nos vemos en persona contando la reunión de hace dos años y el lobby del edificio Serrano del lunes. Las dos veces anteriores la dinámica fue clara: yo tenía el argumento, él tenía la cara de alguien procesando una derrota que no esperaba.
Hoy la dinámica es distinta y los dos lo sabemos.
—Valentina —dice. Sin el título. Sin el apellido. Solo mi nombre, con la naturalidad de quien lleva tiempo usándolo en su cabeza y hoy decidió usarlo en voz alta.
—Sebastian —digo. Con la misma naturalidad. Dos pueden jugar.
—Sube.
No es una pregunta.
Subo.
Su oficina ocupa la esquina del piso doce con ventanas que dan a dos calles distintas de Aldenvera y una vista que en otras circunstancias encontraría objetivamente buena.
En estas circunstancias la registro y la archivo porque tengo otras prioridades.
Nos sentamos.
Él del lado de su escritorio, yo del lado de la silla de visitas que es, noto con cierta satisfacción, bastante más cómoda que las del lobby.
Sebastian no habla.
Yo tampoco hablo.
Hay un momento específico en las negociaciones donde el primero que habla establece sin quererlo una jerarquía que cuesta recuperar, y los dos lo sabemos, y los dos esperamos con la paciencia de quien tiene práctica en este juego y sabe que el otro también la tiene.
Saco la carpeta.
La pongo sobre su escritorio.
—Vine a hacerte una propuesta —digo.
—Lo sé —dice él.
Por supuesto que lo sabe.
—El testamento de mi abuelo establece una condición para que yo conserve la presidencia del Grupo Monteclair. —Abro la carpeta. Las condiciones están en la primera página, redactadas por mí, revisadas por mí—. Tengo noventa días para casarme. Me quedan ochenta y siete.
Sebastian no mira la carpeta.
Me mira a mí.
—Te propongo un contrato de matrimonio por catorce meses.
Continúo porque continuar es lo que hago cuando alguien intenta desestabilizarme con silencio.
—Durante ese período mantenemos la apariencia pública de un matrimonio funcional. Vivimos en el mismo espacio para que sea creíble. Al término del contrato solicitamos la disolución por mutuo acuerdo. Las condiciones específicas están en la página dos.
Termino.
Sebastian sigue mirándome.
El silencio dura lo suficiente para que yo note que no me incomoda y para que él note que yo noté eso.
—No —dice.
Una palabra.
Sin elaboración. Sin contrapropuesta. Sin la más mínima señal de que lo que acabo de poner sobre su escritorio merece más de dos letras como respuesta.
Tenía argumentos. Buenos. Construidos con la precisión de alguien que no viene a una reunión sin tener cubiertos todos los ángulos posibles. Sebastian se pone de pie y ninguno de esos argumentos sirve de nada.
Camina hacia la puerta.
No corriendo. No con urgencia. Con la velocidad tranquila de alguien que tomó una decisión y no necesita elaborarla.
Llega a la puerta.
Pone la mano en el marco.
Y entonces digo algo que no estaba en ninguno de los argumentos preparados, algo que sale antes de que pueda decidir si tiene sentido decirlo:
—Rodrigo Monteclair tiene tres votos en el directorio y lleva dos años esperando que yo cometa un error.
Sebastian se detiene.
No se voltea.
Pero se detiene.
Sigo porque ya no hay forma de no seguir.
—Si en ochenta y siete días no cumplo la condición del testamento, la presidencia del Grupo pasa a votación. —Mi voz no cambia de tono porque no es el momento de que cambie—. Rodrigo gana esa votación. Y lo primero que va a hacer cuando gane es cerrar el único canal de distribución en el sector tecnológico que Varel Industries necesita para el contrato que vence en marzo.
Silencio.
Cuento los segundos.
Uno.
Dos.
Tres.
Sebastian se voltea.
Me mira desde la puerta con una expresión que no termino de leer, lo cual es un dato en sí mismo porque hay muy pocas personas en Aldenvera cuyas expresiones no termino de leer.
—Siéntate —dice.
No es una pregunta tampoco.
Me siento.
Él cierra la puerta.
Ninguno de los dos habla todavía.







