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Capítulo 8: Lo que dijo la foto

POV: Valentina

El cóctel de la Cámara Empresarial de Aldenvera es el tipo de evento donde la mitad de los asistentes viene a hacer negocios y la otra mitad viene a ver quién está haciendo qué con quién, y las dos mitades se superponen con una frecuencia que ningún sociólogo ha podido documentar satisfactoriamente.

Lo sé porque llevo ocho años viniendo.

Esta noche vengo por una razón distinta a todas las anteriores.

Sebastian llega puntual a la entrada. Traje oscuro, sin corbata, con esa soltura específica de quien viste bien sin que parezca que pensó en ello. Me mira cuando me acerco con la atención de quien está evaluando si el ensayo del martes anterior sirvió de algo.

Sirvió.

—¿Lista? —dice.

—Nací lista —digo.

Entramos.

El salón tiene doscientas personas, cuatro meseros con bandejas de canapés que nadie come, y una temperatura ambiente de exactamente dos grados menos de lo necesario para estar cómodo, que es la temperatura estándar de todos los eventos corporativos de Aldenvera desde que alguien decidió que el frío se asocia con la seriedad.

Las primeras personas que nos ven somos nosotros mismos en el reflejo de las puertas de vidrio, lo cual no estaba en el ensayo del martes y que proceso en silencio.

Las segundas son Mateo Ríos y un grupo del sector financiero que nos miran con la atención discreta de quien intenta no parecer que está mirando y falla completamente.

La tercera es Rodrigo.

Rodrigo está al fondo de la sala con una copa de vino blanco y una sonrisa que lleva practicando desde los doce años. Cuando nos ve su expresión no cambia en absoluto, lo cual en Rodrigo es la señal más clara de que algo lo sorprendió.

Bien.

Las siguientes dos horas tienen la estructura de una operación militar ejecutada con ropa de cóctel.

Nos movemos. Conversamos. Nos separamos estratégicamente. Nos reunimos de nuevo. Sebastian dice las cosas correctas en los momentos correctos con la facilidad de alguien que no necesitó practicarlas, lo cual me resulta simultáneamente útil y sospechoso.

Yo hago lo mismo.

En algún punto de la primera hora una colega del sector financiero nos intercepta con la energía de alguien que llegó al evento específicamente para esto y que no va a irse sin lo que vino a buscar.

—Valentina. Y Sebastian Varel. —Nos mira a los dos con la atención de un auditor—. No sabía que se conocían tan bien.

—Nos conocemos desde hace tiempo —dice Sebastian, antes de que yo pueda responder, con el tono exacto de quien confirma algo sin especificar qué.

La colega nos mira.

Nos mira a los dos.

Espera.

Sebastian no agrega nada. Yo tampoco. El silencio hace el trabajo que ninguna explicación podría hacer.

—Claro —dice finalmente—. Qué bueno saberlo.

Se va.

Sebastian me mira de reojo.

—Eso fue más fácil de lo que calculé —digo, en voz baja.

—Aldenvera llena los silencios sola —dice él—. Solo hay que dárselos del tamaño correcto.

Anoto el punto. No en voz alta.

En algún punto de la segunda hora Diego Fuentes, que dirige el fondo de inversión más importante de Aldenvera y que lleva veinte años siendo el centro de distribución oficial del chisme corporativo de la ciudad, se acerca con su copa y su curiosidad apenas disimulada.

—Valentina —dice—. No sabía que tú y Sebastian...

—Nadie sabe todo —digo.

Diego me mira.

Me mira a mí.

Me mira a Sebastian.

Vuelve a mirarme a mí.

—Claro —dice finalmente—. Ya me imaginaba que algo así tenía que pasar.

Se va.

Sebastian espera hasta que Diego está suficientemente lejos.

—Nadie sabe todo —repite, en voz baja, con algo en el tono que no termino de clasificar.

—Es una frase estándar —digo.

—Es perfecta —dice él.

No lo digo en voz alta, pero anoto el punto.

Más tarde, en el momento en que Sebastian me pone la mano en la espalda para guiarme hacia el grupo más cercano, noto sus dedos sobre la tela de mi vestido con la presión exacta de alguien que sabe lo que está haciendo y por qué. Un segundo después noto que al otro lado del salón alguien acaba de sacar el teléfono. El orden debería haber sido el inverso.

Proceso las dos informaciones con la parte de mi cerebro que no está ocupada en mantener una expresión completamente normal ante doscientas personas de Aldenvera que en este momento están actualizando colectivamente sus suposiciones sobre Valentina Monteclair y Sebastian Varel.

Es un momento histórico para el chisme corporativo de esta ciudad.

Me alegra poder contribuir.

Salimos a las diez y media.

La noche de Aldenvera tiene esa temperatura específica de las noches que no terminaron de decidir si son frías o templadas, y la calle frente al edificio está quieta de esa manera que tienen las calles de las ciudades grandes cuando la mayoría de la gente ya está adentro.

Esperamos los autos en la vereda.

—Bien —dice Sebastian.

—Bien —confirmo.

Silencio.

El tipo de silencio que no es incómodo sino que simplemente existe porque ninguno de los dos tiene nada específico que agregar y los dos lo sabemos.

—¿Rodrigo te vio? —dice Sebastian.

—Nos vio entrar. Su expresión no cambió.

—Lo sé. La vi.

—¿Y?

—Que cuando la expresión de Rodrigo no cambia es porque está procesando algo que no esperaba. —Una pausa—. Esta noche funcionó.

Llega su auto.

—Mañana a las ocho tengo los reportes de seguimiento de prensa —digo.

—Los reviso antes del mediodía.

—Perfecto.

Sebastian abre la puerta.

Se detiene.

—Valentina.

—¿Qué.

—Diego Fuentes va a subir algo antes de las doce.

Lo miro.

—¿Cómo sabes?

—Porque Diego Fuentes nunca guarda nada que pueda distribuir.

Se sube al auto.

El auto arranca.

Me quedo en la vereda. La calle está quieta. En el salón que dejamos atrás Aldenvera sigue procesando lo que vio con la eficiencia de una ciudad que lleva décadas especializándose en exactamente esto. Dos horas de aparición pública, tres conversaciones estratégicas, una mano en la espalda en el momento correcto.

Todo calculado.

Todo ejecutado.

A las once y cuarto el teléfono vibra.

Diego Fuentes subió una foto a la red social corporativa de la ciudad.

Somos Sebastian y yo. De perfil, en el segundo en que su mano llega a mi espalda y yo giro levemente hacia él con la expresión de alguien que acaba de escuchar algo interesante. El pie de foto tiene cuatro palabras:

«Sorpresas de la noche.»

Cuatro palabras.

Mi abuelo habría apreciado la economía del lenguaje.

El teléfono vibra de nuevo.

Sebastian: «Diego Fuentes es más eficiente de lo que calculé.»

Lo miro desde la vereda, con el auto ya lejos y la foto ya circulando y Aldenvera procesando en tiempo real algo que Sebastian y yo construimos durante tres semanas con la precisión de dos personas que no se permiten errores.

El plan funciona.

«Sí», escribo.

No lo envío de inmediato.

Lo envío.

Guardo el teléfono.

La noche está quieta. La foto tiene ya ciento doce compartidos y un número de comentarios que sigue subiendo con la velocidad específica de las cosas que Aldenvera decide que importan.

Debería entrar al auto.

No me muevo.

Abro la foto otra vez.

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