Inicio / Urbano / La CEO obligada a casarse / Capítulo 6: La frase que lo detuvo
Capítulo 6: La frase que lo detuvo

POV: Valentina

Sebastian Varel vuelve a su escritorio con la calma de quien cambió de opinión y no tiene ninguna intención de que parezca que cambió de opinión.

Técnicamente admirable.

Prácticamente irritante.

—Habla —dice.

Abro la carpeta.

—Seis condiciones base. Primera: catorce meses a partir de la firma.

Sebastian no anota nada. No interrumpe. Me mira con la atención de quien procesa en tiempo real, lo cual en cualquier otra reunión encontraría eficiente y que hoy encuentro ligeramente desestabilizador porque no tengo donde esconder lo que estoy diciendo detrás del ruido de alguien tomando notas.

—Segunda: convivencia en mi penthouse.

—No.

—Perdón.

—Que no —repite—. Si vivo en tu penthouse el relato público es que me instalé en tu vida. Necesitamos un espacio neutral.

Técnicamente tiene razón.

Estéticamente me molesta que tenga razón en el minuto cuatro de una negociación donde ya cedí un punto sin darme cuenta. Y donde no me gusta haberlo hecho.

—Departamento neutral —digo—. Lo elegimos juntos esta semana.

—Esta semana —confirma.

—Tercera: apariciones públicas conjuntas. Mínimo dos por mes.

—Tres.

—Dos. No tengo agenda para tres.

—Yo tampoco. Pero Aldenvera necesita material suficiente para dejar de buscar la grieta.

—Aldenvera va a buscar la grieta de todas formas. Es el deporte nacional después del fútbol y antes del chisme corporativo.

—Sí —dice—. Pero si le damos suficiente material para mirar no va a tener tiempo de encontrarla.

—Tres —acepto—. Con derecho a reducir a dos en meses con circunstancias extraordinarias documentadas.

—¿Qué cuenta como extraordinario?

—Crisis corporativa activa, viajes de más de diez días, o catástrofe natural certificada.

Sebastian me mira.

—¿Catástrofe natural?

—Es una cláusula estándar en todos mis contratos. Aprende algo nuevo todos los días.

Algo en su expresión hace un movimiento muy pequeño que no voy a nombrar porque nombrarlo implicaría haberlo buscado, y yo no lo busqué.

—Aceptado —dice.

—Cuarta: confidencialidad absoluta. Ninguna de las dos partes revela la existencia del contrato privado bajo ninguna circunstancia documentable.

—¿Y las no documentables?

Lo miro.

—Las no documentables no existen —digo—. Por definición.

Sebastian escribe algo en el margen. No veo qué. No pregunto.

—Quinta: disolución sin disputa de bienes al término.

—¿Patrimonio previo o conjunto?

—Todo lo anterior a la firma es intocable. Todo lo generado durante la vigencia se divide en proporción al aporte documentado de cada parte.

—Eso va a requerir contabilidad separada.

—Peralta lo maneja. Es su trabajo.

Lo que en términos prácticos convierte este matrimonio en un contrato de arrendamiento con anillos y auditoría trimestral, pero eso es un pensamiento que me guardo porque Sebastian Varel no necesita saber todo lo que pienso en tiempo real. Nadie necesita eso.

—Sexta —digo—: independencia corporativa total durante la vigencia.

—Necesita una cláusula de notificación —dice Sebastian—. Veinticuatro horas de anticipación si alguna de las dos empresas toma una decisión que afecta directamente a la otra.

—Eso no es independencia.

—Es coordinación.

—Treinta y seis horas suena a coordinación. Veinticuatro suena a que no confías en mí.

—Treinta y seis —dice Sebastian.

Lo miro. Eso no era lo que esperaba. Y no me gusta no haberlo esperado. Cedió demasiado rápido, con la velocidad de alguien que tenía esa concesión preparada de antemano. Lo que significa que Sebastian Varel llegó a esta reunión sabiendo que yo iba a volver.

No digo eso.

—Treinta y seis —confirmo.

Sebastian asiente y deja el bolígrafo sobre el escritorio.

—Hay algo que no está en la carpeta.

Me preparo.

—La narrativa pública.

—¿Qué pasa con ella?

—Que no existe. —Se recuesta en la silla—. Valentina Monteclair va a anunciar que se casa con su rival de negocios en noventa días sin ningún antecedente romántico que Aldenvera recuerde haber visto.

—Lo sé.

—¿Y cuál es la respuesta cuando pregunten?

Silencio.

Es la primera vez en dos reuniones que Sebastian Varel me ve sin la respuesta lista.

Me tomo exactamente el tiempo que necesito y ni un segundo más.

—Eso está por construirse —digo—. Juntos. Seis semanas de apariciones públicas antes de la boda. Tiempo suficiente para que Aldenvera arme la historia antes de que se la demos.

—¿Dejar que Aldenvera construya la historia sola?

—Aldenvera va a construir una historia de todas formas —digo—. La pregunta es si llegamos primero o llegamos después.

Una pausa.

Sebastian me mira con una expresión que no es exactamente aprobación y no es exactamente otra cosa.

—Bien —dice.

Toma el bolígrafo y escribe la cláusula al margen de la página seis con la letra compacta de quien escribe para no olvidar, no para que otros lean.

Me pasa la hoja.

Leo lo que escribió.

Es exactamente lo que dije. Sin adornos. Sin ambigüedad. Sin ningún margen para que después alguien argumente que la intención era otra.

Pienso, brevemente y sin permiso: mi abuelo debe estar en algún lugar sintiéndose muy satisfecho de sí mismo.

Lo descarto. Hay páginas que firmar.

A las ocho y cuarto llegamos a la última.

Doce páginas. Dieciséis anotaciones. Cuatro cláusulas modificadas. Dos agregadas. Una eliminada. Y una escrita a mano en el margen de la página seis que es básicamente el contrato dentro del contrato: la narrativa que no existe todavía y que vamos a tener que construir juntos en las próximas seis semanas.

Sebastian deja el bolígrafo.

Yo cierro la carpeta.

Los dos miramos el documento al mismo tiempo, sin haberlo coordinado, con el silencio específico de dos personas que acaban de construir algo y todavía no saben exactamente qué.

—El viernes mando la versión final —digo.

—El lunes está firmada.

Me pongo de pie. Sebastian también. Le extiendo la mano. La toma. Firme, breve, profesional.

En el segundo en que suelta pienso que llevamos dos horas negociando cada detalle de los próximos catorce meses y que en ningún momento de esas dos horas Sebastian Varel actuó como alguien haciendo un favor.

Actuó como alguien cerrando un trato que también le convenía. Lo que significa que hay algo que no me contó, igual que hay algo que yo no le conté, y que los próximos catorce meses van a ser, entre otras cosas, el tiempo que tarda cada uno en descubrir qué es lo que el otro guarda.

Eso es suficiente señal de que es momento de irse.

—Hasta el lunes —digo.

—Hasta el lunes —dice él.

El ascensor. El lobby. La calle. El auto.

Camila a los cuatro minutos exactos: «¿Todo bien, jefa?»

No le respondo. Porque si empiezo a explicar lo que acaba de pasar voy a tener que nombrar cosas que todavía no estoy interesada en nombrar.

Tres segundos después el teléfono vibra de nuevo.

No lo miro, pero si hay menos de tres emojis de corazón me como el testamento de mi abuelo página por página empezando por la dieciséis.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP