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Capítulo 60: El proveedor

POV: Valentina

Amanece. No dormimos. Dimos vueltas en la cama, miramos el techo, revisamos el teléfono cada vez que vibraba. Rodrigo no escribió más. Eso es peor. El silencio de Rodrigo es más peligroso que sus amenazas. Cuando habla, se delata. Cuando calla, está tramando.

Sebastian se levanta primero. Va a la cocina. Escucho el agua del hervidor. El golpe de las tazas sobre la encimera. Las dos tazas. Como siempre. Como si nada hubiera pasado. Pero todo pasó.

Aparece en la puerta de la habitación. Dos tazas humeando. Me ofrece una.

—¿A qué hora llamas al proveedor? —pregunto.

—En una hora. Es temprano en Brasil, pero no quiero esperar más.

—¿Quieres que llame yo?

—No. Es mi empresa.

—Es nuestra vida.

Sebastian me mira. Toma mi mano. La aprieta.

—Vamos a resolver esto.

—Lo sé.

—No finjas que lo sabes. No quiero que finjas.

—No finjo. Confío en ti.

—Eso es más de lo que yo hice.

—Aprendiste. Yo también.

El teléfono suena. Sebastian mira la pantalla.

—Es Mateo —dice—. Ya averiguó algo.

Acepta la llamada. Escucha. Su cara cambia varias veces. Tensión. Alivio. Tensión otra vez.

—Bien —dice—. Gracias.

Cuelga.

—¿Qué dijo?

—El proveedor es real. Las facturas también. Pero son de un contrato que se canceló hace dos años. No hay irregularidades. Rodrigo las consiguió por un ex empleado descontento. Alguien que trabajaba en la empresa hace tres años y fue despedido. No tienen valor legal.

—¿Entonces es un bluff?

—No del todo. Puede hacer ruido. Puede asustar a los inversores. Pero no puede probar nada.

—¿Y la carta que mostró anoche?

—Falsa. El proveedor no sabe nada. Mateo habló con él hace un rato. Le mandó la carta. El tipo casi se infarta. Dijo que nunca firmó eso. Que ni siquiera usa ese tipo de membrete. Que va a demandar a quien lo haya falsificado.

—¿Rodrigo?

—No se puede probar. Pero el proveedor va a emitir un comunicado. Va a desmentir todo. Antes de que Rodrigo publique.

—¿Cuándo?

—En una hora. Mateo está coordinando con el equipo legal del proveedor.

—¿Y si Rodrigo publica antes?

—No va a publicar. Necesita la carta. La carta es falsa. Si la publica, se hunde solo. No es tan estúpido.

Sebastian toma el teléfono. Marca. Espera.

—¿Con quién hablas?

—Con el proveedor. Directo. Quiero escucharlo yo mismo.

Espera. Habla en portugués. No entiendo todo. Pero entiendo el tono. Firme. Respetuoso. Escucho la palabra "Rodrigo" dicha con desprecio. El tipo del otro lado no lo conoce, pero ya lo odia.

Sebastian cuelga.

—Ya está. El comunicado sale en una hora. El proveedor me mandó una copia de las facturas reales. Todo en regla. También los contratos originales. También los comprobantes de pago. Rodrigo no tiene nada. Solo papeles falsos.

—¿Y ahora?

—Ahora, enfrentarlo.

—¿Cómo?

—Llamándolo. Diciéndole que sé que es mentira. Que el proveedor va a desmentirlo. Que si publica algo, lo destruimos.

—¿Y si publica igual?

—No es tan estúpido. Si publica algo falso, se hunde solo. No necesita que lo ayudemos.

—Entonces ganamos.

—Parece que sí.

Sebastian no sonríe. No celebra. Solo suspira. Como si hubiera corrido una maratón y recién ahora pudiera parar. Apoya la taza en la mesa. Pasa la mano por su cara. La barba de varios días. Las ojeras.

—¿Estás bien? —pregunto.

—Cansado.

—Yo también.

—Pero ganamos.

—Sí. Ganamos.

No se siente como una victoria. Se siente como el final de una batalla. La guerra sigue. Pero esta batalla, la de esta noche, la de los documentos falsos, la de la amenaza, la ganamos.

El teléfono vibra. Rodrigo.

"¿Viste los documentos? ¿Cambiaste de opinión?"

Sebastian lee el mensaje. Me lo muestra. Nos miramos.

—¿Qué le respondo? —pregunta.

—La verdad.

Sebastian escribe: "Hablé con el proveedor. Las facturas son falsas. La carta también. Él va a emitir un comunicado en una hora desmintiendo todo. Si publicas algo, te destruyo."

Los tres puntos. Aparecen. Desaparecen. Aparecen. Rodrigo duda. Eso es bueno. La duda es señal de debilidad.

"No sé de qué hablas."

Sebastian: "Claro que sabes. Terminó, Rodrigo. Busca otra batalla."

"Esto no termina aquí."

"Hoy sí. Buen día."

Sebastian guarda el teléfono. No espera respuesta. No la va a haber.

—Ya está —dice.

—¿No vas a decirle nada más?

—No. No necesita más.

—¿Y si vuelve a intentarlo?

—Entonces lo enfrentamos. Como hoy. Juntos.

Lo miro. Sus ojos. Los mismos que me miraron en el lobby. Los mismos que nunca me tuvieron miedo.

—Te quiero —digo.

No es la primera vez. Pero esta noche suena distinto. Más liviano. Más verdadero. Como si después de todo, después de las peleas, después de las dudas, después de los sobres y las listas y las traiciones, todavía quedara esto.

—Yo también te quiero —dice.

—¿Desde cuándo?

—No sé. Desde antes de que supieras mi nombre.

—Eso es mentira.

—Es verdad. No lo sabía. Pero lo era.

Casi sonrío. Casi de verdad.

El teléfono de Sebastian vibra. Mateo.

"Comunicado publicado. El proveedor lo subió a su página web. También lo envió a los periódicos. Rodrigo no puede hacer nada. Buen trabajo."

Sebastian me pasa el teléfono. Leo el comunicado. En portugués. Pero entiendo. El proveedor dice que las facturas son falsas. Que la carta es falsa. Que va a tomar acciones legales contra quien haya falsificado su firma. Que confía en Varel Industries.

—Ganamos —digo.

—Parece que sí.

—¿Por qué no estás feliz?

—Porque Rodrigo no se rinde. Porque va a buscar otra cosa. Porque esto nunca termina.

—No importa.

—¿Cómo que no importa?

—Porque vamos a estar juntos. Porque no voy a dejarte solo. Porque si él ataca, respondemos. Como hoy. Juntos.

Sebastian me mira. Sus ojos. Los mismos que me miraron en el lobby del edificio Serrano.

—Te quiero —digo otra vez.

—Yo también te quiero.

—Dímelo otra vez.

—Te quiero, Valentina.

—Una más.

—Te quiero.

Lo beso.

No es como la primera vez. No es en el estudio, sobre el escritorio, con los reportes abiertos y la urgencia de lo prohibido. Es en la cocina. Con las dos tazas vacías. Con la luz de la mañana entrando por la ventana. Con el cansancio de no haber dormido. Con el alivio de haber ganado.

Es lento. Es profundo. Es como si el beso fuera un acuerdo. Una promesa. Un juramento.

Cuando nos separamos, su mano sigue en mi cintura. La mía en su nuca.

—¿Estás bien? —pregunta.

—Nunca estuve mejor.

—¿Segura?

—No. Pero voy a estarlo.

Sebastian sonríe. Una sonrisa de verdad. Pequeña. Cansada. Pero real.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunta.

—Ahora, dormir.

—¿Juntos?

—Juntos.

Tomados de la mano, caminamos hacia la cama.

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