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Capítulo 10: Segunda aparición pública

POV: Valentina

El lanzamiento de producto de Aldenvera Tech es el tipo de evento diseñado para que la gente se sienta parte de algo importante mientras toma vino gratis.

Funciona. Siempre funciona.

El Grupo Monteclair no es el anfitrión esta noche, lo cual es un alivio porque organizar esto requeriría una cantidad de energía que prefiero invertir en otra parte.

Estamos aquí porque estar aquí es parte del plan.

Sebastian llega siete minutos después que yo.

No estaba coordinado. Funciona mejor que si lo hubiera estado: dos personas que llegan juntas anuncian algo, dos personas que se encuentran confirman algo.

Aldenvera lleva tres semanas construyendo la historia con la dedicación de un equipo de guionistas no remunerados. Esta noche le damos el siguiente capítulo.

Me encuentra hablando con el director de tecnología de un banco regional que lleva diez minutos explicándome su estrategia de transformación digital con el entusiasmo de quien acaba de descubrirla.

La estrategia tiene tres problemas estructurales que no voy a mencionar porque la vida es corta y en este momento hay una conversación más importante esperando a tres metros.

Sebastian se acerca.

El director de tecnología para a mitad de frase.

—Sebastian —digo. Con la naturalidad de quien lleva semanas practicando exactamente este tono y que esta noche, por primera vez, no siente que lo está practicando.

Eso lo noto. Lo archivo.

—Valentina. —Me mira un momento—. ¿Interrumpo?

—Para nada —dice el director de tecnología. Con la velocidad específica de alguien que acaba de entender que su conversación no era la más importante de la sala.

Se excusa. Se va.

Sebastian me mira de reojo.

—Transformación digital —digo.

—¿Cuánto llevaba?

—Diez minutos. Iba por la mitad.

—Te debo una.

—Dos. La estrategia tenía tres problemas que no le dije. El altruismo tiene un límite y ese límite es mi tiempo.

Sebastian hace el movimiento pequeño que en las últimas semanas aprendí a reconocer. Lo más cercano que tiene a una sonrisa sin calcular.

No lo busqué. Simplemente está ahí.

Las siguientes dos horas tienen el mismo ritmo que el cóctel de la semana anterior, con una diferencia que noto desde la primera hora: esta vez hay menos actuación.

No porque el plan haya cambiado. Sino porque algunas cosas que la semana pasada requirieron esfuerzo esta noche simplemente ocurren.

Nos movemos por el salón con la fluidez de dos personas que llevan más tiempo haciendo esto de lo que realmente llevan.

En algún momento un colega nos mira y dice que se nota que nos conocemos bien. Simone de Beauvoir escribió sobre la trampa de los roles sociales. No escribió sobre qué hacer cuando ejecutas el rol tan bien que ya no sabes si lo estás ejecutando.

Eso también lo archivo.

Sebastian dice algo en voz baja mientras cruzamos el salón. No es sobre el plan. Es algo pequeño, el tipo de comentario que uno hace cuando ya no está midiendo cada palabra.

Me río antes de procesar si era apropiado.

El sonido existe antes de que lo autorice.

Y entonces pienso en una pregunta que no vine a hacerme esta noche: ¿qué viene después del plan?

No el plan de Rodrigo. No los noventa días. No las apariciones públicas. Después de todo eso, cuando no haya ninguna estructura que explique por qué estoy pensando lo que estoy pensando.

No termino el pensamiento porque Rodrigo aparece y tengo mejores cosas que hacer.

Rodrigo siempre aparece. Es su talento principal: estar en el lugar correcto con la copa correcta y la sonrisa que lleva practicando desde los doce años.

Esta noche la sonrisa es más amplia de lo normal, lo cual en Rodrigo significa que está calculando algo y cree que le está saliendo bien.

—Prima. —Me da un beso en la mejilla con la calidez de quien aprendió que la calidez es más útil que la frialdad—. Y Sebastian. —Le extiende la mano—. Qué agradable sorpresa.

Sebastian la toma. Firme. Breve. Con la cordialidad exacta de quien no le debe nada a nadie en esta sala.

—Rodrigo —dice. Solo el nombre. La economía del lenguaje como forma de no ceder terreno.

—Qué buena noche para estar juntos —dice Rodrigo. Mirándome a mí, no a Sebastian. Con ese tono que siempre tiene dos lecturas y ninguna comprobable.

—Todas las noches son buenas —digo.

Rodrigo sonríe.

—Claro —dice—. Claro que sí.

Y se va. Con su copa y su sonrisa y la información que vino a buscar y que esta noche no encontró.

Sebastian espera hasta que está suficientemente lejos.

—¿Siempre es así? —dice.

—Siempre.

—¿Te preocupa?

—Me informa. Que vino a mirarnos significa que todavía no tiene lo que necesita.

Sebastian asiente. No agrega nada. Los mejores aliados estratégicos son los que saben cuándo el silencio es suficiente.

Inés Carrera aparece veinte minutos después.

Inés escribe la columna de negocios y sociedad del medio corporativo más leído de Aldenvera. No hace preguntas directas. Hace preguntas sociales que parecen conversación y son entrevista.

En otro contexto lo llamaríamos periodismo de guerra. Aquí lo llamamos tomar una copa con Inés.

Se acerca con su copa de vino blanco y su sonrisa de quien tiene toda la noche.

—Valentina. Sebastian. Qué interesante verlos juntos.

—Aldenvera es una ciudad pequeña —digo.

—Para algunas cosas —dice Inés—. ¿Cuánto tiempo llevan?

Sebastian no responde.

Yo tampoco, por exactamente un segundo.

La respuesta que construimos tiene tres versiones. En este momento ninguna de las tres me parece la correcta.

Lo que sale es otra cosa:

—El tiempo suficiente para saber que funciona.

Inés me mira. Mira a Sebastian. Sebastian tiene una expresión que no termino de leer.

—Qué buena respuesta —dice Inés. Con el tono de quien acaba de encontrar el titular. Se va satisfecha.

—Eso no estaba en el guion —dice Sebastian.

—No —confirmo.

—Fue mejor que el guion.

No lo digo en voz alta, pero esta vez no anoto el punto. Simplemente lo dejo existir.

Salimos a las diez.

En la vereda esperamos los autos con la ciudad de Aldenvera completamente indiferente alrededor, que es su estado natural y probablemente el más honesto.

—Inés va a publicar algo esta semana —dice Sebastian.

—Lo sé. No me preocupa. Le di exactamente lo que necesitaba.

Sebastian me mira con esa atención que tiene. La misma del lobby del edificio Serrano, la misma de todas las apariciones de las últimas semanas. La atención de alguien que no aparta la mirada cuando lo razonable sería apartarla.

—El tiempo suficiente para saber que funciona. ¿Lo pensaste antes de decirlo?

—No.

Llega su auto.

Sebastian abre la puerta. Se detiene. Me mira.

—Eso lo hace mejor todavía —dice.

Lo dice como si fuera sobre el plan.

Yo no estaba pensando en el plan.

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