Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Valentina
El auto se detiene frente al edificio del Grupo Monteclair. Los vidrios negros. El logo en la entrada. Los periodistas ya no están. La noticia de ayer murió. Hoy hay otras noticias. Siempre las hay.
Sebastian apaga el motor. Me mira. Sus manos en el volante. La luz gris de la mañana entrando por el parabrisas.
—¿Vas a entrar? —pregunta.
—Sí.
—¿Quieres que suba?
—No. Esto es mío.
Me mira un momento. Sus ojos. Los mismos que me miraron en el lobby del edificio Serrano. Los mismos que nunca me tuvieron miedo. Ahora me miran con algo más. Confianza. La que construimos en estas semanas de m****a. La que ganamos a los golpes.
—Te veo en casa —dice.
—En casa.
Me besa. No es un beso largo. No es un beso de despedida. Es un beso de "vuelve pronto". Un beso de rutina. El mejor tipo de beso. El que no pide permiso. El que solo dice "estoy acá, siempre".
Bajo del auto. La puerta se cierra. El auto arranca. Sebastian se va hacia Varel Industries. Su empresa. Su batalla. La mía está aquí.
El lobby está vacío a esta hora. La recepcionista me saluda con una sonrisa que no sé si es respeto o lástima. No me importa. Camino hacia el ascensor. Los tacos suenan en el mármol. Eco. Soledad. Pero una soledad elegida. Una soledad que no pesa.
El ascensor sube. Piso cinco. Piso diez. Piso quince. Las puertas se abren.
El pasillo. Blanco. Largo. Silencioso. Las puertas de la sala de juntas están cerradas. Pero antes de llegar, una figura sale de la sala de reuniones.
Isabel.
Está apoyada en la pared. Con el traje de ayer. Con la cara de no haber dormido. Con los ojos rojos. El maquillaje corrido. El pelo suelto. No es la Isabel abogada. No es la Isabel amiga. Es otra. Una que no conozco. Una que no quiero conocer.
Me ve y se separa de la pared. Da un paso hacia mí. Yo no me muevo. No voy a retroceder. Nunca más.
—Val —dice. Su voz está rota.
—No me llames así.
—Valentina...
—Te dije que no me llames así.
Isabel baja la mirada. Sus manos tiemblan. Las mira. Las esconde detrás de la espalda como si pudiera ocultar lo que hizo.
—Necesito explicarte...
—No necesitas nada. Ya me explicaste todo. En la asamblea. En los mensajes. No hace falta que me digas nada más. No te creo nada más.
—No fue personal.
—¿No fue personal? —La miro a los ojos. No parpadeo. No voy a parpadear—. Cada palabra. Cada mensaje. Cada vez que te reíste conmigo mientras planeabas cómo destruirme. Cada almuerzo donde me preguntaste cómo estaba Sebastian para después contárselo a Rodrigo. Eso es personal, Isabel. Lo más personal que existe.
Isabel abre la boca. La cierra. No encuentra palabras. O las encuentra pero no se anima a decirlas.
—No voy a pedirte que me perdones —dice finalmente.
—Bien. Porque no voy a hacerlo. Ni hoy. Ni mañana. Ni nunca.
—Pero quiero que sepas que...
—No quiero saber nada. No quiero saber cómo te sientes. No quiero saber por qué lo hiciste. No quiero saber si te arrepientes. No me importa. Nada de eso me importa. Lo único que me importa es que no quiero volver a verte.
Isabel levanta la cabeza. Me mira. Sus ojos están llenos de lágrimas. Una rueda por su mejilla. Llega a su labio. Tiembla.
—No quiero volver a verte —digo. Mi voz no tiembla. No va a temblar. Ya no—. No quiero volver a escuchar tu voz. No quiero volver a saber de ti. Sal de mi vista, Isabel. Para siempre.
—Valentina...
—Sal. Ahora.
Isabel se queda un segundo. Dos. Tres. Abre la boca. La cierra. No dice nada. No encuentra nada que decir. Se da vuelta. Camina hacia el ascensor. Las puertas se abren. Entra. Las puertas se cierran. Se fue. No sé si es para siempre. No me importa. Hoy, para mí, lo es.
Entro a la sala de juntas.
Rodrigo está sentado en la cabecera. En mi silla. Los pies sobre la mesa. Las manos detrás de la nuca. Una sonrisa. Esa sonrisa que practica frente al espejo desde los doce años.
—Levántate —digo.
—No.
—Te dije que te levantes.
Rodrigo me mira. No se mueve. Cruza los brazos. Me desafía.
—Ya no me das órdenes, prima. Esto no se terminó.
—Se terminó. Hace rato. Solo que no te diste cuenta.
—No. Perdí una batalla. Pero la guerra...
—No hay guerra. Ya no. Perdiste todo. Las pruebas son falsas. El proveedor desmintió los documentos. Isabel ya no está. Tus aliados en el directorio están asustados. Fernando Salas me llamó anoche para ofrecerme su apoyo. No tienes nada, Rodrigo. Nada. Ni pruebas. Ni aliados. Ni futuro en esta empresa.
Rodrigo se levanta. Lento. Calculando cada movimiento. Me mira de arriba abajo. Busca algo en mi cara. Miedo. Duda. No va a encontrar nada.
—Esto no se terminó —repite. Como si repetirlo lo hiciera verdad.
—Sí. Se terminó. Y si vuelves a intentar algo, Peralta tiene todo listo para denunciarte por falsificación de documentos. Eso es cárcel, Rodrigo. ¿Entiendes? Cárcel. Con rejas. Con jueces. Con antecedentes penales. Se acabó tu carrera. Se acabó tu vida en los directorios. Se acabó todo.
Rodrigo palidece. No responde. Sus manos se cierran en puños. Las venas de su cuello se marcan.
—Sal de mi edificio —digo.
—Esto no se terminó —dice otra vez. Ya es un murmullo. Ya no cree ni él.
—Sal.
Rodrigo camina hacia la puerta. Se detiene. No se voltea. Su espalda está tensa. Su respiración agitada.
—Hasta pronto, prima.
—No cuentes con eso.
Se va. La puerta se cierra. Su paso se aleja por el pasillo. Después, silencio.
Salgo de la sala de juntas. Camino por el pasillo. Paso frente al ascensor. No me detengo. Voy a mi oficina.
Abro la puerta. Todo está igual. El escritorio. La silla. El póster de Simone de Beauvoir en la pared. La papelera torcida que tiré el primer día, cuando leí la cláusula siete. El café frío que ya no está.
Me siento.
Apoyo los brazos en el escritorio. Respiro hondo.
La puerta se abre. Camila entra. Tiene los ojos rojos. No de tristeza. De emoción.
—Jefa —dice. Su voz se quiebra. Se sienta en la silla de enfrente sin pedir permiso. Por primera vez.
—Camila.
—La vi. Vi cómo sacó a Isabel. Vi cómo dejó plantado a Rodrigo. Vi su cara cuando salió de la sala. Se le nota en la cara. El amor le queda bien. Usted está enamorada. De verdad. Como en las películas. Como en las canciones. Como en esas novelas que lee mi prima. Es hermoso. Es...
—Camila —la interrumpo, levantando una mano—. Simone de Beauvoir dijo que el amor no es una excusa para perder la cabeza. Una mujer enamorada no es una mujer menos libre. Así que guarda tus separadores de colores y tu playlist cursi. Ya tuve suficiente romanticismo por hoy.
Camila me mira. Sonríe. Se limpia las lágrimas con el dorso de la mano.
—Esa es mi jefa. Siempre con una frase feminista para bajarle los humos a los cursis.
—Alguien tiene que hacerlo. No voy a dejar que me conviertas en la protagonista de una telenovela.
—¿Y usted? ¿Está bien?
—Nunca estuve mejor.
—¿Y Sebastian?
—También. Está en Varel. Llegó tarde. Le dije que valió la pena.
Camila sonríe más. Sus ojos se vuelven a llenar de lágrimas.
—¿Se van a casar de verdad ahora? Con fiesta y todo. Con vestido blanco y pastel y esas cosas cursis que a usted no le gustan.
—Camila...
—Ya sé. No es momento. No voy a preguntar más. Pero igual quería decirlo. Por si acaso.
No respondo. Camila se queda un segundo. Después asiente como si hubiera recibido la respuesta igual. Se levanta.
—¿Necesita algo más, jefa?
—No. Gracias, Camila.
—Por nada. Para eso estoy. Para los separadores de colores, las playlists cursis y para decirle que se le nota en la cara que es feliz. Aunque usted no quiera escucharlo.
Sale. Cierra la puerta.
Me quedo sola en mi oficina. El escritorio. La silla. El póster de Simone. La papelera torcida.
Miro la ventana. Aldenvera está gris. El cielo está nublado.
Pero ya no me importa.
Gané.







